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La leyenda de los doce moros jugando a las cartas.

15 Feb

Oscuridad. Silencio. Entradas secretas. Laberintos bajo el suelo. La realidad del subsuelo gaditano tiene ingredientes suficientes para crear numerosas leyendas. La investigación de Germán Garbarino arrancó con el relato oral sobre l2 moros jugando a las cartas, la historia de unos niños que se perdieron en los túneles de Cádiz en los años 50 del pasado siglo y que aparecieron tres días después en la playa de Santa María.

“Las madres reñían a sus hijos. Decían que María Moco se comía a los niños”

Aseguraban que habían visto a un grupo de hombres oscuros en una mesa, jugando a las cartas. Garbarino quiso comprobar la veracidad de esa leyenda y descubrió que el suceso había sido cierto, y que incluso estaba recogido en los periódicos, que mencionaban los nombres de los tres protagonistas.

Investigó hasta dar con el único superviviente: un anciano que le indicó por dónde debía bajar y cómo moverse por los pasadizos. También le ayudó a encontrar a los 12 moros, en realidad, una pintura de los 12 apóstoles en las paredes de una de las galerías.

La red de conductos de Cádiz fue utilizada durante años para el contrabando, pero también sirvió durante la Guerra Civil como refugio para quienes huían. Uno de los accesos a los túneles lo dio a conocer con casi 90 años una monja del colegio de San Martín, en el barrio del Pópulo. Sus padres la habían dejado en el convento cuando sólo tenía 10 años, y conocía todos los secretos del edificio. Entre ellos, la entrada a los pasadizos bajo una escalera del colegio. Durante meses, la monja utilizó esta puerta para llevar caldo de puchero a los refugiados.

La mitología popular puso nombre a las galerías subterráneas que se construyeron en el entorno de las Puertas de Tierra como sistema defensivo. Muchos las conocen como las cuevas de María Moco. La leyenda hacía alusión a los indigentes que podrían haber utilizado estos túneles como hogar durante muchos años, entre ellos, una gitana bautizada con ese apodo. “El relato tenía un carácter disuasorio para que los chavales tuvieran miedo y no entraran en los pasadizos. Las madres reñían a sus hijos y les decían que María Moco se comía a los niños”, cuenta el investigador José Berasaluce.

El esfuerzo de los historiadores ha estado centrado en estos años en procurar que esas leyendas populares, algunas con grandes dosis de esoterismo y magia, no empañe el enorme valor histórico y arqueológico de este entramado laberíntico de galerías. Para Germán Garbarino, los túneles son mucho más que María Moco. Son grandes libros donde leer el pasado de Cádiz.

Los relatos de los gaditanos han desenterrado del subsuelo muchas de las cosas que allí sucedían. Como cuando los pasadizos se utilizaban para el trapicheo, o para escondrijos de los masones, o para la huida de los delincuentes.

 
 

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