RSS

Archivos diarios: febrero 27, 2012

El túnel de los gritos: cuando para sentir una presencia solo es necesario encender una cerilla.

Cerca de las célebres cataratas del Niágara, se encuentra un pequeño túnel al que la población local llama «screaming túnel», o túnel de los gritos. ¿La razón?, si dentro del túnel encendemos una cerilla notaremos una presencia y escucharemos un grito desgarrador. Ánimo, sacad el fósforo.

Este peculiar lugar se encuentra en Warner Road, y es el paso peatonal bajo la línea de tren que enlaza Toronto y Nueva York muy cerca de las famosas cataratas del Niagara, y según la leyenda local, si uno enciende una cerilla en medio del túnel, se escucha de pronto un grito aterrador y estridente y casi inmediatamente, de la nada, una brisa, como si alguien soplara para intentar apagar el fuego, aparece de repente. El origen de tan peculiar leyenda afirmada por los nativos tiene su origen más de un siglo atrás, cuando una granja colindante al túnel se incendió, y una niña envuelta en llamas corrió tratando de apagar las llamas, pero cayó muerta justo en medio del túnel. Esta es la leyenda original, pero existen dos variantes, la primera, que la niña fue quemada por su propio padre cuando se enteró que su mujer pretendía quitarle la custodia legal de esta. Y la segunda, es que esa niña fue violada en el interior del tunerl y luego quemaron su cuerpo para evitar dejar rastro. Sea como fuere el origen de estas leyendas, el hecho es que con el paso de las generaciones se ha ido desvirtuando, aunque lo que parece cierto es que alguien murió quemado en el interior de tan tenebroso túnel.

El túnel en si es espeluznante, e incluso en un día claro y de buen tiempo, es frecuente encontrar niebla y frías corrientes de aire en su oscuro interior. La gente que entra, incluso la más escéptica en temas paranormales, afirma que en su interior hay algo negativo que puede sentirse, y eso junto con los casos de personas que dicen haber escuchado ese grito al hacer la prueba de encender un fósforo en su interior, hace que sea uno de los lugares más visitados aprovechando la visita a las cataratas. El túnel se utilizó como escenario natural de la la película de 1983, «La zona muerta», basada en un relato de Stephen King, con Christopher Walken y sigue atrayendo a visitantes, muchos de ellos acaban dando testimonio de la veracidad de la leyenda.

¿Os atrevéis a encender una cerilla conmigo?

 
 

El peso exacto del alma

Desde hace miles de años la creencia en la existencia física de eso llamado «alma» respira y se agita acaloradamente, pese a que, como todo el mundo sabe, no puede ser vista, tocada, oída o siquiera degustada. Platón, que prefería siempre las cosas que venían en paquetes tripartitos, rezongaba diciendo que el alma era la idea eterna que estaba formada por tres partes (una mental, una emocional y otra espiritual) y que, al morir, cada una tomaba su camino y el alma espiritual regresaba a la «dimensión luminosa» de donde a su entender procedían todas las almas.

Aristóteles extendió la noción y se despachó diciendo que todos los seres vivos tienen en sí un principio vital o alma mortal que regula todas sus funciones vitales, y que muere junto a él (las plantas tienen un alma vegetativa; los animales, un alma sensitiva; y los seres humanos, un alma racional).

Y las firmas siguen: Hesíodo dice: «es un aliento que mantiene la vida del cuerpo inanimado y que lo abandona cuando el ser humano muere o está moribundo o desmayado); Hegel :»la manifestación sensorial inferior del espíritu en su nexo con la materia»).

De carne somos

Pero todo siempre fue mero discurso y ahí se quedaba. Nada de experimentación, medición ni observación. Hasta que recién en 1907 el médico estadounidense Duncan Mac Dougall (de Haverhill, Massachusetts) osó hacer lo que ni a Platón ni a Aristóteles se les había ocurrido: pesar literalmente un alma. Decididamente, lo primero que hizo fue comprar una «cama-balanza» que según lo engatusó el vendedor era sensible al peso de un pelo. Así, la armó y la arrinconó cerca de la ventana de su oficina. Lo que le faltaba entonces eran candidatos que dejaran pesar su yo interior más íntimo. Nadie sabe cómo, pero para febrero de ese año había reclutado a seis moribundos (cuatro de tuberculosis, uno de diabetes y el sexto de causas no especificadas). Y así fue: los observó antes, durante y después del proceso de muerte y midió puntillosamente cada cambio de peso. El resultado parecía coincidir en cada caso: exactamente, 21,262142347500003 gramos era la diferencia entre el peso del cuerpo viviente y del cadáver. O dicho en otras palabras, que el alma no sólo existía, tenía masa, sobre ella también actuaba la gravedad y pesaba lo mismo que una moneda de cinco centavos, una barrita de chocolate, una feta de jamón o un colibrí.

Mac Dougall estaba tan entusiasmado con todo el asunto de jugar a la balanza que repitió el experimento con 15 perros que, luego de muertos, no registraron la sustracción de los famosos 21 gramos (para el médico todo cuadraba: sin dudas, ésta era la prueba por excelencia de que los únicos que gozaban de alma eran los seres humanos).

Como un reguero de pólvora, la noticia se filtró y apareció el 11 de marzo de 1907 en la página 5 del New York Times (bajo el título, «Soul Has Weight, Physician Thinks») antes de que la revista American Medicine aceptara publicar el estudio de Mac Dougall en su número de abril de ese año (el trabajo se llamó «Hypothesis concerning soul substance together with experimental evidence of the existence of such substance»).

Lo curioso es que la «evidencia experimental» consistió en sólo 6 pacientes (una muestra demasiado pequeña), sin hablar del hecho de que Mac Dougall que murió sin pena ni gloria en 1920 nunca precisó a qué se refería con «muerte» (si muerte cerebral, muerte celular, muerte legal, etc.) o si los famosos 21 gramos no se relacionaban, en verdad, con el sudor, el cese de la respiración, la coagulación de la sangre, el vaciamiento de los pulmones o, lisa y llanamente, que la cama-balanza andaba mal.

Después en el año 52 el científico Francis Crick y James Watson descubrieron que al fallecer ciertas estructuras cerebrales desaparecían al morir y el peso de estas oscilan entre los 21 g, se supone que esta zona que se pierde se le denominó conciencia -alma ya que esta zona del cerebro es la que domina esas acciones de la conducta humana.

 
 

Los neandertales europeos estuvieron al filo de la extinción antes de la llegada de los humanos modernos

Un estudio genético publicado en la revista Molecular Biology and Evolution pone de manifiesto que los neandertales desaparecieron de la mayor parte del continente europeo hace unos 50.000 años y que, posteriormente, un pequeño grupo recolonizó Europa central y occidental, donde sobrevivieron otros 10.000 años antes de que los humanos modernos entraran en escena. El estudio ha sido llevado a cabo por investigadores suecos y españoles en Uppsala, Estocolmo y Madrid, en el marco de un proyecto internacional en el que ha participado Juan Carlos Díez Fernández-Lomana, responsable del Grupo de investigación Arqueología Prehistórica de la Universidad de Burgos.

«El hecho de que los neandertales de Europa casi se extinguieran para luego recuperarse, y que todo eso sucediera mucho antes de que tuvieran contacto con los humanos modernos, fue una completa sorpresa para nosotros, ya que indica que los neandertales pudieron ser más sensibles a los dramáticos cambios climáticos que ocurrieron durante la última edad del hielo de lo que se pensó previamente», explica Love Dalén, del Museo Sueco de Historia Natural en Estocolmo.

Al realizar los análisis de ADN sobre fósiles de neandertales encontrados en el norte de España, entre ellos la mandíbula de un adolescente neandertal hallada en la cueva burgalesa de Valdegoba, los investigadores notaron que la variación genética entre los neandertales europeos fue extremadamente limitada durante los 10.000 años que precedieron a su desaparición. Fósiles europeos y asiáticos más antiguos muestran mayores niveles de variación genética, los mismos que se encuentran en otras especies que han sido abundantes durante mucho tiempo en un mismo territorio.

«La diversidad genética de los neandertales más antiguos y de los asiáticos era tan alta como la de los humanos modernos como especie, mientras que la variación de los últimos neandertales europeos no alcanzaba a la de los humanos modernos de Islandia», asegura Anders Götherström, de la Universidad de Uppsala.

Los resultados presentados en el estudio se basan exclusivamente en ADN muy degradado, por lo que los análisis requirieron el uso de metodologías avanzadas tanto de laboratorio como de procesamiento de datos. Debido a ello, el equipo de investigación involucró a especialistas de varios países incluyendo estadísticos de Dinamarca y Estados Unidos, expertos en secuenciación moderna de ADN de Dinamarca, y paleontólogos de España. Sólo cuando todos los miembros del equipo internacional revisaron sus hallazgos, tuvieron la certeza de que los resultados revelaban una importante y hasta entonces desconocida parte de la historia de los neandertales.

«Este tipo de estudios interdisciplinares es extremadamente valioso para el avance de la investigación en evolución humana. El ADN de humanos prehistóricos ha aportado hallazgos inesperados en los últimos años. Es muy emocionante imaginar qué nuevos descubrimientos se producirán en los próximos años en este campo», concluye Juan Luis Arsuaga, profesor de Evolución Humana de la Universidad Complutense de Madrid y co-director del proyecto Atapuerca.

Fuente: CGP/DICYT

 
 

Convertir el trigo en oro, patente número 14.204

Ya hablamos en su momento de Hennig Brand, un comerciante alemán al que la dote de su esposa le permitió dedicar su tiempo al noble arte de la alquimia para conseguir oro destilando orina al final descubrió el fósforo. Hoy volvemos a la carga con otro iluminado que pretendía convertir el trigo en oro y registró la patente.

Patente Británica nº 14.204 otorgada el 27 de octubre de 1884 a Harry Fell para convertir el trigo en oro. El método en cuestión es algo así:

Hacer una mezcla de granos de trigo y paja cortada, mitad y mitad, y dejarla macerar en agua durante 10 horas a una temperatura de 59º F (15º C). Tras las 10 horas colar la mezcla y dejarla reposar en un recipiente de barro poco profundo durante 24 horas a una temperatura de 60º (15,5º C). Transcurrido ese tiempo, la película que cubre el líquido era oro.

Que sepáis que yo ya estoy en el proceso de dejar reposar la mezcla me faltan 12 horas. Si mañana no escribo nada, no me busquéis.

Fuentes: Science, The Stupid History of the Human Race Bob Fenste 7 Javier Sanz

 
 
 
A %d blogueros les gusta esto: