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Con Felipe II nuestra costa no estaría plagada de rascacielos

14 Mar

En junio de 1561, cuando la villa de Madrid ya contaba con 30.000 habitantes, Felipe II trasladó la corte de Toledo a Madrid, instalándola en el antiguo Alcázar. Las razones que se dan para este traslado son muy variadas: la necesidad de separar la Corte de la influencia del poderoso arzobispo de Toledo, una situación geográfica estratégica en el centro peninsular en la que abundaban los recursos naturales (como la obra de Miguel Hernández, Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras).

Esta decisión implicaba el traslado a Madrid de la familia real, su séquito, prelados, cortesanos, aventureros, pícaros que, necesariamente, obligaron a cambiar la fisonomía de la villa: ampliar la ciudad derribando murallas, nuevas construcciones (hospitales, hospicios y otros servicios), remodelación de las zonas antiguas pero Madrid seguía sin tener capacidad para alojar la ingente cantidad de parásitos que arrastraba la Corona. A pesar de requisar una importante cantidad de casas para alojarlos, seguía siendo insuficiente. Así que, Felipe II se acogió al derecho o carga de aposento, pensado para el alojamiento temporal de los sirvientes del rey durante los viajes de la corte, y ordenó que todas las casas que tuviesen más de una planta deberían ceder una de ellas a la Corona.

Las casas más pudientes, como siempre pasa, se libraron de tal carga haciendo una aportación económica a la Corona y el resto el resto fueron las llamadas casas de malicia: las viviendas ya construidas hicieron las reformas necesarias, como tabicar partes de la casa, para hacerlas inhabitables y las nuevas se construyeron de una sola planta o con esa apariencia desde la calle y un acceso a la segunda planta desde un patio interior.

Hablando de Felipe II, hoy me gustaría recomendar “Las mujeres de Felipe II” de la escritora, historiadora y amiga Mª Pilar Queralt del Hierro, IX Premio Algaba.

El poderoso rey que gobernó el primer imperio global tuvo una debilidad, las mujeres que lo rodearon: madre, hermanas, esposas, hijas, amantes y amigas. Felipe II no fue el hombre frío y cerebral que transmite la historiografía tradicional. Las más recientes investigaciones demuestran que fue un joven apasionado y galante, pero también un marido entrañable. Que supo de amores prohibidos y de matrimonios por razón de estado. Por las páginas de este libro desfilan las cuatro esposas del monarca, María Manuela de Portugal, María Tudor, Isabel de Valois y Ana de Austria; amantes como Isabel de Osorio o Eufrasia Guzmán; sus hijas Catalina Micaela o Isabel Clara Eugenia y el gran interrogante : la princesa de Éboli. Mujeres todas definitivas en la vida del Rey Prudente que desvelarán la figura de un hombre desconocido para muchos y, sin duda, mucho más atractivo que lo que deja entrever la historiografía tradicional.

Fuentes e imagen: Madrid de los Austrias, Madrid Histórico / Javier Sanz.

 
 

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