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La leyenda de la Casa de los Gatos

29 Mar

En la Villa hubo un tiempo, allá cuando los Austrias, en que la población de gatos de cuatro patas aumentó tanto que constituyó un auténtico problema de insalubridad. El Concejo decidió tomar medidas para acabar con la plaga y empezó a dar recompensas por cada gato que se cazase y a soltar perros feroces en las calles para que acabasen con los mininos.

Había por aquel entonces una casa habitada por dos ancianas que, en nuestra época, hubiesen cumplido con todas la condiciones necesarias para ser recogidas por el SAMUR social, y la casa vaciada por los servicios de recogidas de basuras municipales, pues era recipiente de toda clase de desperdicios e inmundicias. Esta casa se convirtió en refugio de los felinos, que acudieron a ella por decenas, y no en busca de alimento, pues en ella la necesidad se sentaba todos los días a la mesa, sino porque las ancianas los acogían y allí estaban a salvo de cazagatos y de perros furiosos. Y algo de comer siempre les daban, al menos para ir tirando. Un mal día los vecinos empezaron a oír unos maullidos como nunca habían oído antes, unos maullidos antinaturales que causaban pavor. A partir del día en que los empezaron a oír, también dejaron de ver el habitual trasiego de gatos que entraban y salían de a casa o que ronroneaban al sol en el tejado. Y también dejaron de tener noticias de las dos ancianas.

Al cabo de varios días de no verlas y de que el habitual hedor que despedía la casa fuese en aumento avisaron a la justicia, y dos corchetes, con la prosopopeya propia de la época, forzaron la puerta y penetraron en aquella sordidez seguidos por un buen número de curiosos. El espectáculo que contemplaron les heló la sangre. Sobre el suelo yacían las dos ancianas. Devoradas por los gatos. El dictamen oficial fue que ambas habían muerto de muerte natural y que los gatos, faltos de quien les diese comida, habían encontrado el alimento por su cuenta. Pero ¿muerte natural? Dado el nivel científico de la medicina forense de la época ¿sería exagerado dudar de que se pudiese determinar indubitablemente que las ancianas fueron devoradas después de su muerte y no en vida, víctimas del ataque de una jauría de decenas de felinos hambrientos? Quizá la respuesta a esta duda la hubiesen podido aclarar las dos sombras que a partir de entonces vieron deambular por la calle, ora por las aceras, ora por los tejados, y cuya sola presencia bastaba para que cualquier felino, por alejado que estuviera, huyese lanzando maullidos empapados de todo el terror de este mundo. Las sombras se dejaron de ver un buen día, a lo mejor porque sus refugios, los rincones sombríos de la calle, fueron derribados por las modernas luces eléctricas.

 
 

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