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La leyenda pacense de Jordana la Bella.

05 May

El rey de Portugal entró en Badajoz escoltado por una escogida comitiva en la que destacaba la figura apuesta de Joan Franco, cuya mirada se cruzó con la de una dama hermosa que se encontraba entre la multitud. Estaba acompañada por un muchacho huérfano como ella. De vuelta, tras cruzar el puente del Guadiana, se encontraron los dos con un grupo en el que se hacía notar un hombre maduro, de tez oscura, ojos negros, mirada fría y larga barba. Todos creían que era judío pero nadie pudo demostrarlo, de la misma forma que la razón de su presencia en la ciudad era un misterio. Al pasar Jordana por delante del hombre este clavó sus ojos en ella, sintiéndose atravesada por una mirada siniestra y escalofriante.

Al día siguiente, Joan Franco envió una misiva a Jordana con la petición de verla en palacio, asunto al que accedió. Su presencia fue objeto de comentarios de admiración ya que ninguna mujer de las presentes desprendía tan sutil elegancia. Aunque el caballero lusitano la recibió cortésmente, la muchacha no cedió a sus pretensiones, por lo que el arrogante Joan se juró asimismo que la joven sería suya.

Algunos días después el portugués apareció muerto junto a los torreones de la alcazaba. Todo Badajoz hablaba de un duelo con un pretendiente español, que también aspiraba a los favores de Jordana, llamado Gonzalo Bejarano. Al volver de los funerales, la mujer se volvió a encontrar con aquel hombre misterioso de mirada fría.

Pasado el tiempo, cuando parecía que se olvidaba los ecos de la primera muerte, se encontró el cadáver de Gonzalo flotando en el río Guadiana. Jordana, abandonada al más profundo de los desánimos, no encontraba una explicación ante unos hechos que la superaban.

Meses más tarde, cuando nadie lo esperaba, en una fría mañana de invierno, Jordana abandonaba la ciudad en la más absoluta miseria. Vestía harapos y sus ojos se llenaron de lágrimas al volver la mirada para atrás y observar lo que antes fue suyo. Aquel hombre con el que se cruzó en dos ocasiones dirigió la subasta de sus bienes y propiedades. El destino fue cruel.

Es primavera y el Sol se retira. En el jardín de la mansión que perteneció a Jordana, adquirida por los Lopes de Mendoza, sonaban dulces melodías. Una mendiga, cuyos pasos desiguales turbaban el silencio de la calle, se detuvo a escuchar la música y a oler las azucenas del muro. El sueño se apoderaba de ella lentamente. A la mañana siguiente, cuando Lopes de Mendoza salió a la calle, se la encontró y quiso despertarla, pero Jordana estaba muerta.

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