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La leyenda del peregrinaje de San Isidro Labrador a Tierra Santa (Madrid)

16 May

Cuenta la leyenda que el mayor deseo de S. Isidro, el humilde y piadoso labrador de la villa de Madrid, era poder visitar un día aquella santa y bienaventurada tierra, al otro lado del mar, en que nuestro Señor había vivido y muerto por nosotros. Con fervorosa devoción anhelaba ver los campos en que los pastores oyeron los cánticos de los ángeles en Nochebuena, y contemplar con sus propios ojos cada uno de los lugares nombrados en los evangelios; pisar aquellos campos en que, cuando un labrador como él arrojaba la semilla, parte caía sobre el camino, parte sobre tierra pedregosa, parte sobre espinos y parte sobre tierra buena que producía una hermosa cosecha.

Y con este pensamiento en lo más hondo de su alma, todo lo que podía ahorrar de su menguado jornal lo guardaba cuidadosamente con el fin de que algún día, antes de hacerse viejo, pudiera marchar en peregrinación a Tierra Santa. Necesitó muchos años para llenar la bolsa de cuero en que guardaba su tesoro; y cada moneda ahorrada representaba un capricho, un gusto o una necesidad de que se había privado.

Cuando, por fin, la bolsa fue adquiriendo peso, y comenzó a parecer menos imposible la realización de su devoto sueño, llamó a la puerta de su casa un anciano peregrino, con bordón y concha, que pedía pan para su hambre y albergue para su cansancio. S. Isidro lo acogió bondadosamente y le ofreció lo poco que había en su pobre hogar y su no menos pobre despensa: pan y manzanas, queso y vino. Pero fue bastante para que el peregrino saciase su hambre y repusiese sus fuerzas.

Terminada la cena, S. Isidro y el peregrino estuvieron hablando largo rato sobre los Santos Lugares y sobre el gozo de pisar y besar la tierra bendita en que habían dejado sus huellas los pies de Jesucristo. Luego, el peregrino habló del largo y penoso viaje que le esperaba todavía, mendigando de aldea en aldea -pues su bolsa estaba vacía-, hasta que lograse encontrar un patrón bondadoso y caritativo que le hiciese sitio en su barco y lo llevase a la verde isla de donde había partido, en los confines de Poniente. Recordando a los que había dejado en casa, que podían haber muerto durante su ausencia, el peregrino rompió a llorar. Sus lágrimas conmovieron de tal modo el corazón de S. Isidro, que sacó la bolsa de sus ahorros y dijo:

-Esto he reunido con la esperanza de contemplar un día con mis ojos lo que tú has contemplado, sentarme a la orilla del mar de Galilea como si por sus aguas siguiera navegando la barca de S. Pedro, el pescador, con Jesús a bordo, y arrodillarme sobre el monte Calvario, donde se alzó la cruz de nuestro Redentor. Pero tu necesidad es muy grande. Toma este dinero y apresúrate a volver con los tuyos, pues si tú deseas verlos de nuevo, ellos te estarán esperando también con ansia y zozobra. Y si los encuentras con vida, y quiera Dios que así sea, diles que recen por mí. Después de rezar juntos, S. Isidro y el peregrino se retiraron a descansar.

En las primeras horas del sueño, cuando la noche es reconfortante tras un día de trabajo, S. Isidro advirtió que iba caminando por campos extraños, subiendo la ladera de una colina; y en lo alto de otra colina, a cierta distancia, se divisaban las paredes blancas y los tejados planos de las casas de una pequeña ciudad. Y alguien le hablaba y le decía:

-Estos son los campos en que los pastores velaban con sus rebaños, y este camino pedregoso, que sigue la ladera, lleva a Belén.

Al oír aquella voz, S. Isidro se volvió y vio que detrás de él estaba el peregrino; pero conoció que no era verdaderamente el peregrino, sino un ángel oculto tras el humilde y destrozado hábito del peregrino. Quiso postrarse a sus pies, pero el ángel se lo impidió y le dijo: -No temas. He sido enviado para enseñarte todos los santos lugares que tu corazón deseaba ver.

Sobre valles y colinas, campos y torrentes brilló entonces una luz tan clara y maravillosa, que incluso desde una gran distancia podían distinguirse perfectamente las flores que crecían al borde del camino. Sin esfuerzo ni cansancio, S. Isidro se desplazaba de un lugar a otro como en un sueño. Y es imposible enumerar la mitad de lo que vio.

Porque el ángel lo llevó a la aldea en que Jesús vivió de niño y que se llama Nazaret, es decir, la “aldeaflor”; y le mostró el río Jordán, que se abre camino entre un bosque de matorrales verdes; y el Hermón, alto y centelleante por la blancura de la nieve en su cumbre (y la nieve de este monte es muy vieja); y las azules aguas del lago Genesaret, con su flotilla de barcas de pescadores; y la ajetreada ciudad de Cafarnaúm, en el importante camino de Damasco; y Naím, donde Jesús contempló a los niños que, en la plaza, jugaban a entierros y bodas; y el desierto, austero y atractivo a la vez, donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches; y Betania, donde resucitó a su amigo Lázaro, el hermano de Marta y María (al pasar por los campos de Betania, S. Isidro cogió un manojo de flores silvestres); y Jerusalén, cerrada en su muralla, la ciudad santa, a cuya vista Jesús, desde el monte de los Olivos, lloró; y Getsemaní, con sus viejísimos olivos; y la colina del Calvario, desde donde, en las tinieblas del Viernes Santo, subió al cielo un poderoso grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Y el sepulcro nuevo, excavado en la blanca roca, entre mirtos y rosales en el jardín.

Así S. Isidro fue visitando todos los lugares que deseaba, los que conocía muy bien de nombre por el Evangelio que escuchaba cada domingo en la misa. Y en todos estos lugares vio a los hijos de los hijos de los hijos de los que habían contemplado el bendito rostro del Salvador, hombres que iban a su trabajo en los campos, mujeres que venían de la fuente con sus cántaros en la cabeza, niños que jugaban por las calles y plazas. Y todos vestidos de forma extraña, como los que se habían sentado un día en la verde hierba para comer de los cinco panes y dos peces. Ante este pensamiento, S. Isidro rompió a llorar. El ángel le preguntó: -¿Por qué lloras?

-Lloro por no haber vivido entonces, cuando el Señor recorría estos campos, para haber podido contemplar su rostro. De repente, como en un sueño, los dos se encontraron a la orilla del mar. Amanecía. En el centelleo de las aguas, S. Isidro vio una barca de pescador que se mecía a pequeña distancia de la orilla, pero no había nadie en ella; otra barca estaba sobre la arena en la playa. Y mitad en la arena, mitad en el agua que chapoteaba suavemente, aprisionados en las redes, más de un centenar de grandes peces se agitaban y brillaban al sol. Y cerca de las redes, en tierra, había una lumbre, en cuyas brasas se estaban asando unos peces. Y a un lado del fuego había siete hombres, uno de ellos acurrucado y tiritando bajo su empapada túnica de pescador; y al otro lado del fuego, una figura que irradiaba bondad y majestad, a la que los siete hombres miraban con gozo y temor reverencial. Y S. Isidro, dándose cuenta de que aquél era el Señor, lo contempló gozoso y estremecido a la luz suave de aquel amanecer.

El santo labrador no podría decir cuánto duró aquella visión gozosa. De repente también todo cambió. S. Isidro y el ángel quedaron solos. -Ya has visto como deseabas -dijo el ángel-. Dame la mano para que no olvides.

S. Isidro extendió la mano. El ángel la abrió y, poniendo la palma hacia arriba, la golpeó con la suya. S. Isidro dejó escapar un grito por el dolor del golpe, y cayó al suelo sin sentido.

Cuando se despertó por la mañana, el sol estaba ya alto en el cielo de Madrid, y el peregrino había reemprendido su viaje de regreso. Pero la humilde casa del labrador estaba llena de una celestial fragancia. S. Isidro buscó y sobre su cama vio las flores silvestres que había cogido en los campos de Betania, flores rojas, amarillas, azules, más hermosas y con más delicado aroma que las que crecían en los campos de Madrid.

-Entonces -exclamó S. Isidro- no ha sido un simple sueño.

Se miró la mano y vio que en la palma tenía unos trazos azules, parecidos a los que suelen verse en los brazos de caminantes y hombres de mar. Más tarde, S. Isidro supo que aquellos trazos eran letras hebreas, las que formaban el nombre de Jerusalén.

Mientras vivió, estas letras traían a su memoria todas las maravillas que había podido ver aquella noche memorable. Pero hicieron más que esto, pues cada vez que fijaba en ellas la mirada recordaba gozoso las palabras del Señor: -¿Acaso puede una madre olvidar a su niño de pecho? Sí, ella puede olvidar, pero yo no te olvidaré, pues te he grabado en las palmas de mis manos.

 

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