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La leyenda de la mona de Jaén.

09 Jul

Se ha creído durante mucho tiempo, que la escultura colocada sobre el entablamento del muro gótico de la parte trasera de la Catedral de Jaén, podría tratarse de un Bafomet, que estaría dando carácter sagrado a la greca gótica que presenta el muro, aunque los últimos estudios apuntan a que pudiera tratarse de un judío, Para los giennenses es conocida como “la mona”. Esta escultura representa la imagen de una persona sentada al estilo moro, sujetándose los pies con las manos.

Esta es su leyenda…..

Según la tradición a finales del siglo XIX unos niños que habían oído de sus mayores el encantamiento maléfico que pesaba sobre la pequeña figura -lo que les hacía rehuir este lugar para sus juegos-, por dárselas de valientes, decidieron cierta tarde bajar hasta la Plaza de San Francisco y pasar bajo la imagen demoníaca de la Mona, ante el estupor de las personas que por allí andaban, pues evitaban tanto mirarla, como pasar cerca de ella.

Desoyeron los niños las asustadas peticiones de aquellas gentes, a las que parecía que les iba en ello la propia vida, y primero más retraídos y después más resueltos, pasaron una y otra vez bajo la adusta silueta de aquella imagen a la que, una vez se hubieron desinhibido totalmente, le proferían insultos y gestos soeces.

De vuelta a su Barrio, los niños fueron recibidos como héroes por la chiquillería, y sobre todo por las niñas. Enterados sus padres, les recriminaron duramente su actitud y les prohibieron volver por allí.

Días más tarde hicieron una nueva visita a la Plaza en compañía de aquellos que dudaban de su anterior bravura. Una vez llegados al lugar, se pavonearon de su valentía, mientras que algunos de ellos permanecían un tanto alejados para no verse sometidos a la maldición de la Mona.

Fue entonces cuando el más envalentonado por las miradas de admiración de los que se encontraban más lejos, hizo alarde de su inconsciencia y tomó varias piedras del suelo, lanzándolas contra la imagen del judío, hasta que una de ellas impactó contra la nariz, mutilándola.

El miedo y admiración se apoderaron de los presentes cuando vieron que, a los pocos minutos, aquel niño comenzaba a sudar y a sentir escalofríos. De vuelta a la casa, los padres llamaron al médico. Este le aplicó ungüentos y le dio medicamentos, pero el niño, lejos de mejorar, se convulsionaba en la cama entre gritos.

Cuando amaneció, dejaron de escucharse los gritos. Ahora eran sollozos los que salían de la casa. Eran los de la madre, viendo el cuerpo sin vida de su hijo.

 

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