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La leyenda del gallo persa de oro.

20 Jul

En la ciudad de León, adosado al interior de sus murallas por el sector noroeste, se alzó un templo romano dedicado a Mercurio. Dicen que, sobre sus ruinas, se edificó, entre los ss.XI y XII, el Monasterio de San Pelayo. Cuando se trasladaron a él los restos del obispo san Isidoro de Sevilla, Doctor de las Españas, cambió su antiguo nombre por el del ilustre huesped.

A pesar de las transformaciones sufridas, conserva todavía gran parte de su arquitectura románica, en ábsides, portadas y naves, o el campanario conocido como “torre del Gallo”. El nombre de la torre, proviene del gallo de metal que corona su tejado, del que la tradición popular afirma que “cantaba para avisar que las tropas musulmanas se acercaban a la ciudad”. Este sencillo y humilde objeto, ha resultado no ser tan sencillo, ni tan humilde, y demuestra como en la Edad Media las culturas más distantes no estaban tan alejadas.

Entre el pueblo llano, siempre corrió el rumor de que el gallo era de oro, por eso los soldados napoleónicos, durante la Guerra de la Independencia, la emprendieron a tiros con el animalito por si conseguían derribarlo. Afortunadamente, lo único que consiguieron fue hacerle dos agujeros de bala.

Emprendida la restauración de la citada torre, en 2011, se empezó por desmontar el viejo gallo de metal, a fin de someterlo a una profunda limpieza. En el laboratorio, los restauradores descubrieron que, las leyendas tejidas alrededor del gallo, no eran tan fantásticas como lo era la realidad.

Su estudio, confirmó como la figura, que mide 87 cm, desde el pico a la cola, y 56,6 cm, de alto, es de oro. En realidad, cobre plomado dorado al fuego, y recubierto de un oro de tan alta calidad que el paso de los siglos apenas lo había alterado. Además, sus ojos eran dos gemas, hoy desaparecidas, de las que subsisten los engastes que las albergaban.

A pesar de la creencia generalizada, el gallo, nunca fue utilizado como veleta. Estaba fijado firmemente a una espiga de metal, que atravesaba dos esferas de diferente tamaño, recordando aquellas que coronan los minaretes de las mezquitas islámicas. Y tiene señales de haber estado dotado de patas, para sostenerlo sobre alguna superficie. Por tanto, su función en la torre había de ser simbólica.

Según la mitología judeo-cristiana, el gallo simboliza al Cristo, que llama a los gentiles, para unirse a su mensaje de salvación, en el amanecer de una nueva era espiritual. Aunque también, como sincretismo de antiguas creencias, simbolizaba al animal solar por excelencia, el primero que recibe sus rayos al inicio del día, y por ello utilizado como amuleto contra los poderes de las tinieblas.

Pero la mayor sorpresa surgió, cuando se analizaron la tierra, el polen y los panales de abejas alfareras, contenidos en su interior hueco. Dichos elementos, no sólo no correspondían con los existentes en su tejado, o en las comarcas circundantes, sino que eran propios de Oriente, en concreto de la cuenca del Golfo Pérsico.

El culto abad de la colegiata, don Antonio Viñayo, siempre había sostenido que el gallo es tan antiguo como el templo leonés, puesto que en los muros del Panteón Real se encuentran dos pinturas de gallos (realizados hacia 1170), con idéntica silueta al de la torre.

Al contrastar diferentes puebas, incluida la del carbono-14, con los aspectos estilísticos, se concluyó que debe haber sido creado hacia los ss.VI-VII, en Oriente Próximo, y en el ámbito persa inmediato al advenimiento del Islam. Así, se baraja la teoría de que proceda de la corte sasánida de Kosroes II (590-628). La religión oficial de Persia era el zoroastrismo, aunque con él convivían pacíficamente el judaísmo, el cristianísmo nestoriano y el budismo. Sin embargo, según las crónicas bizantinas, cuando el rey sasánida conquistó los Santos Lugares de Palestina, en el 612, mandó sustituir las cruces que coronaban los templos cristianos por “gallos dorados”, para manifestar su autoridad.

La cultura persa, que había influido sobre el Imperio romano, de modo que a través de él jugó un papel fundamental en la formación del arte medieval europeo, conquistó de forma inmediata el naciente mundo musulmán. Gran parte de lo que, posteriormente, sería conocido como “cultura islámica”, fue adoptado por ella a partir de los persas sasánidas. Así, se comprende que los “gallos dorados” de Kosroes II entraran sin problemas en el corral musulmán.

El mayor enigma de nuestro gallo, estriba en saber cómo llegó el animalito hasta León. Admitido su origen oriental, podemos asumir que vino de Oriente hasta Al-Andalus, y que a partir de ahí viajó al reino de León como obsequio, tributo, o producto de saqueo en alguna acción bélica.

Una hipótesis, alude al posible regalo del gallo por el califa de Bagdad al de Córdoba. Así, cuando en el año 1009 los leoneses saquearon Medina Azahara (Córdoba), al participar en la guerra civil que dividía el califato cordobés, pudieron obtener al gallo y llevarlo al norte como botín. O pudo ser traído por Alfonso VI, como parte de los saqueos realizados en 1072-1075 por los alrededores de Córdoba, cuando auxiliaba a su aliado Al-Mamún de Toledo. También puede proceder de Valencia, como parte del botín que, el mismo Alfonso VI, se cobró por ayudar al musulmán Al-Qadir, para recuperar el trono valenciano.

Otros estudiosos, apuntan que el gallo llegara a León tras la conquista de Toledo, o por efecto de las Cruzadas, ya que Elvira, hija del rey de León, Alfonso VI, era esposa del Conde de Tolosa, uno de los cuatro jefes de la primera Cruzada.

De otra parte, Fernando I y su esposa doña Sancha, consagraron el templo leonés en 1063, y con dicho motivo hicieron espléndidas donaciones en joyas y ornamentos litúrgicos, que hoy conocemos como el “Tesoro de León”. ¿Entregaron en esta ocasión el famoso gallo? ¿O lo hizo doña Urraca Fernández, hija de los anteriores reyes, quien amplió el templo?

Todavía queda otro enigma. La espiga metálica, que sujeta el gallo, lleva una inscripción con la fecha “1074” ó “1100” -que no está claro-, y la palabra “Berlanaz”. ¿Se trata de la fecha en que fue colocado el gallo en la torre, y el nombre del artesano que ensambló ambas piezas?

Un refranillo popular leonés, asegura que: “quien el vino del santo Martino llega a probar, luego oye al gallo cantar…” Alusión al presunto canto de advertencia que, dicen, hacía el gallo ante la proximidad de enemigos…

 
 

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