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La leyenda del Cristo Yacente y el maestro Fernández

06 Ago

Cuenta la leyenda que Gregorio Fernández, al sentirse enfermo de gravedad, quiso, antes de morir, esculpir su mejor obra para legársela a los vallisoletanos como agradecimiento y herencia. Y, en una habitación siempre cerrada a los oficiales y operarios de su taller, se puso a esculpir una figura de Jesús muerto. Uno más de la docena larga de yacentes que había tallado durante sus años de esplendor; pero que habría de ser el mejor entre todos ellos; de tal modo que contemplándolo moviera a compasión.

Trabajó durante cuatro largos meses, especialmente de noche, y solo, aprovechando que la enfermedad no le permitía conciliar un sueño prolongado. Muchas noches durante ese tiempo abandonaba su dormitorio en el piso alto de la casa y bajaba al taller.

Mantenía diálogos con la madera en medio del silencio. Él sabía que su Cristo yacente estaba dentro de aquel bloque de pino cortado en buena luna; y movido por una fuerza interna del espíritu, poco a poco fue quitando la madera sobrante para que la escultura saliera a la vida de los hombres.

Cuando terminó la obra, terminó la vida del escultor. Un día abrieron aquél cuarto y apareció el yacente. Y su amigo, el pintor Diego Valentín Díaz, lo policromó llorando la muerte del escultor.

 
 

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