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El caso Watergate y otras grandes conspiraciones

07 Ago

Caso Watergate

Los periodistas Woodward y Bernstein (en la foto superior) fueron acusados de realizar un montaje periodístico, hasta que probaron que tenían razón. Incluso el escritor Norman Mailer llegó a decir que la investigación de The Washington Post formaba parte de un complot de la CIA para acabar con Nixon (derecha) por firmar un tratado de paz con China.

Los llamados conspiranoicos no son una raza que haya nacido en la era de internet; han existido siempre. Y aunque la mayoría de ellos defendieran teorías imposibles, cuando no delirantes, también ha habido algunos que tenían razón. Pero en su momento les tomaron por sensacionalistas, por mentirosos o, sencillamente, por locos. A día de hoy, nadie duda de que el Watergate fue una operación de espionaje del Gobierno de Richard Nixon contra el Partido Demócrata. Pero cuando los periodistas de The Washington Post Carl Woodward y Edward Bernstein comenzaron a publicar sus informaciones, casi nadie les tomó en serio.

Los periodistas a quienes nadie creía

Walter Contrike, quien en 1972 era el presentador del informativo más importante de EEUU, se negó a tratar la noticia en su telediario debido a que las fuentes que usaban los periodistas eran anónimas y, por tanto, no le merecían ninguna credibilidad. Incluso el prestigio de la investigación realizada por The Washington Post se vio dañado por un hecho colateral cuando se descubrió que otra periodista de dicho diario, Janet Cooke, quien había sido galardonada con el Pulitzer por un reportaje sobre un niño drogadicto, se había inventado toda la historia. En resumen, Woodward y Bernstein podrían haber acabado sus carreras profesionales tratando de demostrar lo que parecía indemostrable. Hasta que en 1973 la confesión pública de uno de los implicados en el asunto, el ex agente de la CIA James McCord, hizo que todas las piezas del puzle fueran cobrando forma y esto provocó la dimisión en cascada de importantes miembros del Gobierno. Hasta culminar en la del propio Nixon.

Son los riesgos del buen periodismo de investigación: descubrir una verdad que el público o las Autoridades no siempre están dispuestos a aceptar. Es lo que le sucedió a Mark Twain cuando en 1872 publicó en el periódico Hannibal Journal un artículo en el que ponía en duda que el explorador Henry Morton Stanley hubiera encontrado realmente en África al desaparecido doctor Livingstone, a quien había hallado muy enfermo en la aldea de Ujiji.

Twain se basaba en el hecho de que conocía personalmente a Stanley y sabía que ya se había inventado en el pasado embustes diversos con el propósito de alcanzar popularidad. Le extrañaba, además, que no hubiera traído ningún testimonio fiable de que Livingstone estaba vivo y que, según la versión de Stanley, había preferido quedarse en el corazón de África y no regresar nunca a la civilización (sus restos fueron trasladados posteriormente a Inglaterra y enterrados en Westminster). Su palabra era la única prueba. Y para Mark Twain, la palabra de Stanley valía bien poco.

Desgraciadamente para el autor de Tom Sawyer, Stanley se había convertido en un héroe internacional, y desde el periódico para el que trabajaba, The New York Herald, lanzaron una campaña contra Twain acusándole de envidioso, e incluso de demente. Pese a ello, el escritor siempre se mantuvo firme en sus dudas, que durante años quedaron flotando en el aire sin que nadie se las tomara demasiado en serio.

Hasta el año 2010, cuando las pruebas de ADN realizadas a los restos enterrados en Westminster demostraron que se trataba de otra persona. Aun así, este suceso sigue estando rodeado de controversia, porque hay historiadores que defienden la tesis de que Livingstone quiso quedarse realmente enterrado en Ujiji, y que los nativos, que le adoraban como a un rey, entregaron los restos de otra persona para ser trasladados a Inglaterra. Si esto fuera cierto, la hazaña de Stanley seguiría siendo verídica.

Demasiado horrible para ser real

Hay ocasiones en que el concepto de conspiración surge porque la verdad es tan horrenda que resulta difícil aceptarla. Sucedió con los campos de exterminio nazis. Su existencia era desconocida hasta que fue denunciada en 1941 por un oficial de las SS llamado Kurt Gernstein, quien trataba de luchar contra el régimen de Hitler desde el interior de su propio Ejército. Gernstein redactó un completo informe en el que describía cómo se estaba desarrollando un proyecto para exterminar a judíos, homosexuales, deficientes mentales y miembros de diversas minorías en campos especiales. Viajó a Suiza en varias ocasiones para entrevistarse con diplomáticos internacionales, y también con delegados de la Santa Sede. Pero nadie le creyó; en parte porque, al ser un miembro de las SS, pensaban que se trataba de una extraña maniobra de intoxicación realizada por los nazis.

Gernstein solo consiguió la confianza del ingeniero holandés H. J. Ubbink y de un sacerdote, Otto Wehr. Ambos hicieron llegar el informe del oficial alemán a la prensa británica.

Pero no sirvió de nada. Cuando los periodistas británicos preguntaron al Ministerio de Exteriores qué credibilidad daba a dicha información, la respuesta fue: “Ninguna. Es demasiado monstruoso para ser real”. Con todo, pese a que oficialmente nadie daba crédito a la historia del Holocausto, los rumores comenzaron a filtrarse. Los nazis contraatacaron con una inteligente estrategia, rodando reportajes en los que enseñaban a los cautivos que conservaban mejor aspecto, en un intento de demostrar que los prisioneros estaban siendo bien tratados. Se invitó también a la Cruz Roja a visitar falsos campos de concentración construidos con finalidad propagandística, y en los que prisioneros de atrezo (por llamarlos de alguna manera) llevaban una vida relativamente cómoda.

Fue necesario esperar hasta 1944 para que el informe de Gernstein comenzara a ser tomado en serio, momento en que los testimonios de cautivos huidos de Alemania le dieron la razón. Pero la confirmación definitiva se produjo en abril de 1945, cuando la infantería estadounidense liberó el campo de Dachau y descubrió los horrores que albergaba.

Aunque las atrocidades de los nazis también sirvieron a otros para tapar sus propios crímenes. Como en el caso de la matanza de las fosas de Katyn. En 1940, quince mil soldados polacos fueron asesinados por las tropas de Stalin y enterrados en el bosque de Katyn. Las fosas fueron descubiertas en 1943 por el Ejército alemán. Aunque en Polonia nadie dudaba de que la autoría de la masacre correspondía a los rusos, Stalin se defendió echando la culpa a los nazis. Dado que Stalin era un aliado, y los nazis el enemigo a batir, el mismo Churchill se pronunció apoyando las tesis del dictador ruso.

Terminada la guerra, la Unión Soviética desplegó toda una estrategia para exculpar a Stalin de la autoría de aquella masacre. Historiadores, periodistas e incluso publicistas fueron contratados para construir una versión oficial que inculpaba a los nazis de la matanza. Pero en Polonia nunca se lo creyeron, y diversos historiadores locales trataron de difundir la auténtica versión de los hechos; pero los tacharon de conspiranoicos. El desprecio vino incluso desde países como Inglaterra y Francia, que se apoyaban para desprestigiar a los investigadores polacos en los falsos documentos que el Gobierno de Churchill utilizó durante la guerra incriminando a los alemanes.

Hubo que esperar hasta que en 1990, finalizada ya la perestroika, el presidente ruso Gorbachov reconoció públicamente la autoría soviética de los crímenes de Katyn, y mostró documentos que incluían la firma del propio Stalin en los que ordenaba las ejecuciones.

Las epidemias y el silencio

En 1884, el diario Las Provincias de Valencia publicó en sus páginas interiores una noticia según la cual el gobernador de la provincia, acompañado de varios médicos, había visitado a cincuenta enfermos sospechosos de padecer cólera. Inmediatamente, la dirección del periódico recibió por parte de la Autoridad de la ciudad la prohibición de publicar cualquier noticia que volviera a mencionar la palabra “cólera”. Debía utilizarse en su lugar la expresión “enfermedad peligrosa”, y se diagnosticaba como una gastroenteritis. También el comercio quería ocultar la epidemia, y quienes desafiaron aquella conspiración de silencio fueron tachados de locos, de traidores, e incluso encarcelados.

Cuando desde Madrid y Barcelona se preguntó qué estaba ocurriendo, la respuesta fue: “En Valencia no sucede nada”. Pero los miembros de la clase adinerada recurrieron a ‘‘adelantar el veraneo’’, es decir, abandonaron la ciudad. Finalmente, en 1865 la verdad no pudo ocultarse más y Valencia quedó sitiada con un cordón sanitario del Ejército que impedía salir de la ciudad o entrar en ella. No se podían comprar alimentos, y el hambre se extendió como una nueva plaga. El cólera valenciano es solo un ejemplo de las muchas teorías conspiranoico-sanitarias que ha habido a lo largo de la historia y que finalmente se demostró que eran ciertas.

Como la llamada gripe española de 1918. Porque, contra lo que su nombre hace creer, dicha epidemia no apareció en España. La primera cepa se detectó en Fort Riley, un cuartel de Kansas, donde mató a cincuenta personas, pero las Autoridades silenciaron el hecho. Así, fueron los soldados americanos quienes trajeron el virus a Europa cuando vinieron a combatir en la I Guerra Mundial. La pandemia se extendió por Inglaterra y Francia, y llegó también a España. Estudios recientes dicen que quizá mató a alrededor de cincuenta millones de personas. Pero el silencio oficial rodeó a aquel trágico suceso. Como Francia e Inglaterra estaban en guerra con Alemania, sus gobiernos censuraron todas las noticias sobre la enfermedad, ya que no querían desmoralizar aún más al pueblo y a sus ejércitos. Pero en las calles los rumores sobre la existencia de la enfermedad eran cada vez más insistentes, aunque las Autoridades los desmentían continuamente. Y quien trató de escribir sobre el tema fue encarcelado.

Finalmente, la verdad salió a la luz gracias a la prensa española. Como nuestro país no estaba en guerra, aquí no hubo una censura oficial sobre dicho tema. Por eso, al ser nuestros periódicos los únicos en informar sobre la enfermedad, pasó a ser conocida para la posteridad como gripe española.

Otros bulos convenientes

Los ejemplos similares son innumerables. Basta recordar que a principios del siglo XX se consideraba que la cocaína poseía beneficiosas propiedades médicas, y que nadie pensaba que el tabaco era perjudicial. O que entre 1930 y 1960 los fabricantes de asbestos hicieron todo lo posible para ocultar cualquier relación entre estos productos y el cáncer. Y en los tres casos, quienes defendían que dichas sustancias eran nocivas fueron tachados de paranoicos.

Pero uno de los sucesos más escandalosos fue el del llamado Estudio de Sífilis de Tuskegee. Desde 1932 hasta 1972, el Servicio de Salud Pública de EEUU llevó a cabo una supuesta campaña de vacunación de varones afroamericanos afectados de sífilis. Pero era un experimento para estudiar cómo evolucionaba la enfermedad y degeneraba la salud de los afectados. Por eso, los 400 hombres participantes fueron tratados (sin saberlo) con un medicamento falso. Más de 200 “voluntarios” murieron.

El primero en denunciarlo, en 1968, fue un activista afroamericano, Bill Carter Jenkins, en una publicación marginal llamada Drum. Las Autoridades sanitarias negaron repetidamente aquella noticia, que tacharon de ser una falacia inventada por radicales políticos.

Nadie hizo el menor caso a Jenkins hasta que en 1972 Peter Buxtun, participante en el proyecto, declaró en The New York Times que todo era cierto. Se constituyó una comisión de investigación presidida por Edward Kennedy, y se exigió la clausura inmediata de aquel proyecto.

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