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Archivos diarios: agosto 23, 2012

El mecanismo de Antikythera.

Fuente: Los 32 rumbos de la rosa de los vientos / Josep Guijarro

El museo de Atenas expone la misteriosa máquina de Antikythera

El naufragio de Antikythera: El Barco, el Tesoro, el Mecanismo estará expuesta en Atenas hasta 2013

El Museo Arqueológico Nacional de Atenas expondrá hasta el 28 de abril del año 2013 el OOPART (acrónimo de Out Of Places Artifacts) más sorprendente del mundo: La máquina de Antikythera , considerada ahora la calculadora científica más compleja de la Antigüedad.


Fue encontrado 1902 por un pescador de esponjas en un pecio hundido entre las islas de Citera y Creta entre los años 50 y 40 a.C.

El gobierno griego no supo del hallazgo hasta un año más tarde cuando el propio capitán Kondos se ofreció a las autoridades para llevar a cabo el rescate sistemático de los restos en el que murió un buzo y dos quedaron minusválidos.
Estatuas, joyas, muebles, ánforas de vino… Un auténtico tesoro. Sin embargo, el artefacto más valioso del cargamento pasó entonces inadvertido. Se trataba de una caja de madera carcomida, de 32 cm. de largo por 16 de ancho y 10 de alto que, debido a las precarias condiciones, se deshizo en pedazos al llegar a la superficie. No hay mal que por bien no venga porque esta circunstancia permitió que quedaran expuestos algunos engranajes que habían en su interior, y el artefacto pasó a ser conocido como el mecanismo de Antikythera, un misterioso dispositivo que se ha ganado a pulso el calificativo de OOPART.

El Mecanismo de Antikythera consta de más de 30 ruedas y engranajes de bronce dentro de una caja de madera. Se utilizaba para resolver cálculos matemáticos, astronómicos y mecánicos. Los investigadores señalan que reproduce el movimiento de la luna y sus fases durante un mes, además de predecir eclipses. Su estudio ha concluido que el instrumento podía calcular las fechas de los juegos olímpicos de la época.
La historia del estudio interdisciplinario del Mecanismo, dibujos, radiografías, tomografías, asimilaciones digitales y modelos acompañados por interpretaciones propuestas por los estudiosos en el siglo pasado se presentan en esta unidad. La exposición se cierra con la presentación de un cortometraje documental en 3D producido por Philippe Nicolet.

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El Hombre del Saco, con nombres y apellidos.

Como una forma de controlar a los hijos, los padres se han valido siempre de seres ficticios que encarnan a crueles castigadores si los infantes se portan mal.

Personajes como el Coco, Don Marrubio, los Robachicos, los Tommyknockers, las Gitanas o Zíngaras, el Boogeyman, el Tío Saín y el Hombre del Saco que, en algunos casos, fueron personas reales que pasaron a convertirse en arquetipos del mal gracias a sus siniestros crímenes.

«El Hombre del Saco» raptaba a los niños que se portaban mal y los transportaba en un costal, llevándolos hacia un castigo ignoto, del que nadie se atrevía a hablar, y que por omisión causaba aún más terror entre los niños.

El caso más famoso dio lugar a uno de los mayores mitos de España. Ocurrió en Gádor, Almería, a principios del siglo XX. El infanticidio estaba íntimamente relacionado con las prácticas del curanderismo, mismo que propiciaba el vampirismo y la utilización de sangre joven como método seguro para recuperar la salud y el vigor, perdidos por la enfermedad o la vejez. El asesino fue Francisco Leona, a quien desde entonces se conoció como «El Hombre del Saco». En esos tiempos, Francisco Ortega “El Moruno”, un agricultor de 55 años, estaba afectado por la tuberculosis; era un hombre inculto, primitivo e hipocondríaco. Cuando se sintió enfermo acudió a la curandera Agustina Rodríguez, de 56 años.

Ante la incapacidad de Agustina para mejorar su salud, ésta le puso en contacto con Francisco Leona, y a él se le ocurrió asesinar a un niño, porque estimó que cuanto más difícil, complejo y monstruoso fuese el remedio, más dinero estaría dispuesto a pagar el enfermo. Así que se reunieron Francisco Leona, el tuberculoso Francisco Ortega y la curandera Agustina. Tras asegurarle a Ortega que su enfermedad era mortal, le comunicó que él tenía el remedio:

“Es necesario que te bebas la sangre de un niño robusto y sano; pero la sangre tiene que estar caliente, según vaya brotando… y luego tendrás que ponerte sus mantecas en el pecho como una cataplasma.”

El 28 de junio de 1910, los padres de Bernardo González Parra, un niño de siete años, notaron su ausencia e inmediatamente comenzaron a buscarlo; recorrieron los alrededores preguntando a los labradores que regresaban del campo, pero no encontraron nada. Siguieron la búsqueda hasta bien entrada la madrugada, cuando los padres, ante el resultado negativo de la búsqueda, decidieron dar conocimiento del hecho a la Guardia Civil.

Al chico lo raptó Julio Hernández “El Tonto”, quien era hijo de la curandera. Metió al niño en un saco para transportarlo, asustándolo mientras le decía que él era «El Hombre del Saco» legendario, que se había portado mal y él iba a castigarlo llevándoselo. El chico se aterrorizó ante la llegada del monstruo con el cual lo asustaban sus padres y no opuso resistencia.

Una vez raptado el niño, se lo llevaron a Agustina. Un hijo de la curandera, José, fue a avisar al enfermo. Elena Amate, la mujer de José, preparaba la cena tranquilamente.

Estando ya todo el mundo en la casa, Julio «El Tonto», el secuestrador, sacó al niño del saco. Agustina le sostenía los brazos, levantándole el derecho para que Leona pudiera realizarle un corte en la axila que serviría para desangrarse. La sangre comenzó a caer abundantemente en un vaso que la curandera sostenía; luego le añadió dos cucharadas de azúcar y se la dio de beber al enfermo Francisco Ortega, quien se la bebía repitiendo entre trago y trago: «mi vida es antes que Dios».

Tras esto, Francisco Leona vendó el brazo del niño para detener la hemorragia y acompañado por Julio Hernández “El Tonto”, otra vez introdujeron en el saco al pequeño, quien aún estaba vivo, y lo llevaron a Las Pocicas, un solitario lugar donde le machacaron la cabeza con una piedra. El niño tardó mucho en morir. Una vez muerto, le abrieron el vientre extrayéndole la grasa y el epiplón, envolviéndolo en un pañuelo. Luego metieron el cuerpo en una grieta en la tierra y lo taparon con hierbajos y piedras.

El sitio del crimen

El cadáver de Bernardo fue hallado en un barranco, a unos cinco kilómetros de Gádor, en el paraje de Las Pocicas. Estaba boca abajo, ensangrentado, aún cubierto con piedras y matorrales arrancados de los alrededores. Cerca estaba el saco donde habían trasladado al niño.

La autopsia reveló lo siguiente:

“En el vientre existía una herida de bordes limpios debida a arma cortante, que empezando más arriba de la boca del estómago, terminaba en el pubis. Los intestinos aparecían al exterior y estaban cortados por el duodeno, como a tres centímetros de su salida del estómago, y por el recto. Todo el colón ascendente, transversal y descendente, apareció en absoluto desprovisto de epiplón y grasa. Falta todo el peritoneo, del cual no aparecen ni vestigios. El hígado está íntegro, así como el diafragma y todas las vísceras de la cavidad pectoral, razón por la que se deduce que el niño murió a consecuencia de las lesiones causadas en la cabeza, y que después de su muerte le fue abierto el vientre”.

La muerte fue producida por los golpes en la cabeza pero, ¿para qué se le había extraído la sangre y la grasa del vientre? La gente se horrorizó: la sombra de “El Sacamantecas” aparecía de nuevo y, para colmo, esta vez acompañado de “El Hombre del Saco”. Era una historia deliciosa, así que los medios se hicieron eco de ella.

El hallazgo del cadáver

La Guardia Civil detuvo a Francisco Leona y a Julio Hernández “El Tonto” como sospechosos por el crimen. Fueron conducidos a la cárcel de Almería y sometidos a interrogatorios tras los cuales, Francisco Leona confesó ser culpable y Julio Hernández “El Tonto” aceptó ser el cómplice del asesinato de Bernardo. La reconstrucción del crimen no resultó fácil, pero al final de varias sesiones se pudo saber toda la verdad. Tras la reconstrucción del asesinato, se descubrió que al niño le extrajeron la sangre para que Ortega la bebiera aún caliente, y la grasa le sirvió de emplasto con el fin de combatir sus males.

Francisco Leona fue condenado a la pena máxima por garrote vil, pero murió en la cárcel antes de que ésta fuera ejecutada. Francisco Ortega (el enfermo), Agustina Rodríguez (la curandera) y su hijo Julio Hernández «El Tonto», fueron condenados también al garrote vil. José, el otro hijo de Agustina, fue condenado a diecisiete años de cárcel y su mujer Elena Amate fue absuelta.

Gracias a los informes psiquiátricos, Julio Hernández «El Tonto», quien puso a la Guardia Civil tras la pista de Leona por su resentimiento debido a que no le pagaron las cincuenta pesetas que le prometieron por participar en el asesinato, fue indultado.

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