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Cuando Cervantes conoció a Dulcinea.

05 Oct

Cuenta la leyenda, que llegado D. Miguel de Cervantes a El Toboso pidió por caridad posada en casa de un rico labrador llamado Lorenzo, que le acomodó lo mejor que pudo en un pajar tras invitarle a cenar.

Al parecer el anfitrión tenía una hija “muy coqueta”, que en la leyenda identifican con la supuesta Dulcinea, que era galanteada por varios mozos, y que estos acudieron bastante ebrios en busca del “sacamantas o vejiguero”, que así se denominaba a los recaudadores, con el fin de darle un merecido escarmiento.

Aunque fueron burlados por Lorenzo alegando que se había marchado de allí después de la cena, no sucedió así con la revoltosa hija, que les facilitó la entrada a la casa y al lugar a donde Cervantes descansaba.

Le sacaron de allí, de muy malas maneras, atándole la larga cuerda a la cintura, pero dejando ambos extremos libres en una gran longitud, de forma que cuando le echaran a la Charca, una de tantas de las que entonces rodeaban a El Toboso, pudieran manejarle desde opuestas orillas, con el fin de revolcarle, tirando alternativamente de una u otra punta, en el cenagal, cada vez que intentara salir de él.

La cosa debía ser muy seria y Cervantes tuvo relativa suerte, ya que Lorenzo pasó aviso de lo que sucedía a los cuadrilleros de la Santa Hermandad que no debían andar muy lejos, quienes le salvaron de las manos de aquellos energúmenos, pero con tan mala fortuna para el, que se le llevaron detenido a Argamasilla de Alba.

 
 

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