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La Virgen de los Pantalones.

13 Oct

Este hecho, que algunos consideran leyenda, ocurrió en los últimos años del siglo XIX. Y habla de un tal Jerónimo Diez, al parecer residente -no especifica si natural- en un pueblo de la comarca de Gordón, al que tampoco menciona. Lo que sí es cierto es que visitaba con frecuencia nuestro santuario de Nuestra Señora del Buen Suceso, según el testimonio unánime de amigos y conocidos. Y que lo hacía con aparente devoción y recogimiento.

Un buen día, sin embargo, ocurrió que, según él mismo confesó en sus últimos momentos, ofuscado por no sabe qué malsanas aspiraciones, decidió llegar hasta el lugar donde devotos y romeros depositaban, desde el exterior y por un ventanuco de piedra, sus limosnas. Como desde el exterior él no podría articular los movimientos y debería realizarlos, además, a la vista de posibles transeúntes, decidió saltar la verja para llegar al depósito o cepillo con mayor facilidad. Y así lo hizo, por el centro de la verja, por donde menos dificultades había. Y consiguió su objetivo inicial.

Al volver a saltarla, ya en el último intento uno de los hierros laterales y verticales que finalizan en puntas de lanza protectores rasgó, inexplicablemente, pantalón y carne de Jerónimo Diez, que quedó atrapado. Los movimientos hacia el exterior se hicieron imposibles. Sólo notó movilidad cuanto intentó retornar hacia el interior.

Llegó a casa absolutamente desconcertado por lo ocurrido. Lo primero que hizo fue cambiar de pantalón. Pero el nuevo dibujó, increíblemente, los mismos jirones que el usado en el robo -o el intento- de la ermita. Cualquier pantalón que pretendiese poner aparecía inmediatamente con el roto en la parte lateral derecha y trasera. Roto que comprobó desaparecer, curiosamente, cuando se acercó a la ermita.

Entendió la señal y la culpa. Y permaneció -murió apenas dos años después de lo narrado- hasta el fin de sus días, vinculado a los edificios anexos al propio santuario, concebidos esencialmente con una finalidad social.

De carácter jovial, aunque un poco reservado, habló, al parecer poco del hecho. Solo en los últimos momentos de su vida. Y poco. Si alguien se atrevía a preguntarle por la causa de su aparente extraña situación, se limitaba a sonreír y añadir sencillamente:

– Cosas de la Virgen de los Pantalones.

 
 

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