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La leyenda del Cristo con piernas de niño.

18 Oct

Un día se rompió la tradición. Dejó de aparecer el ramo de flores semanal al lado de la imagen. más tarde se supo que había ocurrido después de la muerte de María Covillán, acaecida el primer sábado de septiembre de 1479. Era propio de la familia Covillán, que desde hacía muchos años se había tomado como obligación dejar sobre el altar de la imagen un ramo de flores. ¿Pero porqué de esta costumbre?

Se constata un matrimonio formado por Juan de Heredia y Leonor Covillán, sencilla familia que vivió de la agricultura en la villa de Onzonilla. La belleza de la mujer estuvo siempre en boca de todos. Sólo, como siempre, el paso del tiempo ejerció sobre ella la tiranía de la pérdida del encanto y la frescura.

Pero ya antes el sufrimiento había marcado en su rostro ciertas huellas que debilitaban progresivamente su tersura. Parece ser que la cojera del marido le agriaba notablemente su carácter. Especialmente cuando era objeto de mofa por no pocos niños que huían de él riéndose de sus amenazas.

Cuando nació su tercer hijo una sombra de pesimismo complicó aún más las cosas. El paso del tiempo confirmó la sospecha de matrimonio, familiares y vecinos.

Alberto -que éste era el nombre del niño— padecía alguna enfermedad, al parecer congénita, que le impedía andar. El padre endureció entonces, cuando la esperanza cerraba el círculo, mirada y vida. Se hizo, sobre todo, más solitario y menos hablador. Más encerrado en el mundo de las preguntas que nunca encuentran respuesta. En los momentos de la crudeza de una inevitable resignación muchas veces descargaba en la mirada hacia el cielo todas las tempestades de la ira. Y comenzaron a señalarle con el dedo porque no volvió a pisar la iglesia.

Un buen día Leonor Covillán se dirigió a la iglesia. Al atardecer. Había llevado en brazos a su hijo, buscando quizá esconderse y enconderlo de las miradas. Siempre había pensado que la compasión es consejera que alimenta impotencias y debilidades. Y también que la fe nunca deja de ser un recurso.

Miró fijamente al Cristo del Amparo, cuyo rostro de tristeza en nada desentonaba del suyo. No hacía mucho tiempo que lo habían colocado en aquel altar, con un fondo de pintura sobre madera humilde. “El Cristo del Amparo sonrió con la dulzura inexplicable que nace del dolor, descendió hacia el niño y cambió con él sus piernas”.

Es fácil que algún día se conozcan más detalles de la historia. Por el pueblo corrieron, mezclados como un latigazo, los vientos de la alegría, el asombro y el temor. Parte de la memoria colectiva dice que ha oído “algo de una leyenda del Cristo”.

Clavado sobre la sencilla cruz de madera,con sus pequeñas piernas, contempla, con la misma mirada de siglos, cómo el tiempo va tejiendo la historia.

 
 

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