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Los fantasmas del hospital Vigil de Quiñones.

03 Nov

Por César Rufino y José Manuel García Bautista

tuentitantos / El Correo de Andalucía

El antiguo Hospital Militar de Sevilla, semiabandonado, acoge una nueva historia de miedo ideal para la noche de Halloween.

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Aspecto que ofrecía esta misma mañana la entrada principal del Hospital Vigil de Quiñones. / C.R.

El miedo reina sobre la vida, escribió Albert Schweitzer. En estos tiempos de tribulación, con la gente expulsada a patadas de sus casas mientras las viviendas vacías se pudren de codicia y desuso; con los palos cayendo sobre quienes, tenidos por golpistas, claman por la regeneración de la democracia; con legiones de pobres asistiendo aturdidos al espectáculo obsceno del desfile de millones de los poderosos y de la inyección de dinero a los bancos, ¿cómo es posible que alguien pueda todavía creer que el terror es patrimonio de la imaginación y no de la realidad, que aparece al apagar la luz y no al encender la radio? Y sin embargo, pese a la contundencia de los hechos probados, seguramente muchos de los que irían sin titubear a visitar el edificio de la Bolsa o las grandes sedes institucionales, comiendo palomitas si se encartase y hasta silbando una alegre tonadilla por el camino, serían luego incapaces de recorrer su propia casa a oscuras. A este segundo género ancestral, cerval, categórico e inofensivo pertenece la última noticia conocida en Sevilla sobre espectros y aparecidos, que tiene como escenario el viejo Hospital Militar, el Vigil de Quiñones; como momento inmejorable, la noche de Halloween y el comienzo del mes de noviembre, consagrado a los difuntos; y como protagonistas, al misteriólogo y escritor sevillano José Manuel García Bautista, a un vigilante de seguridad, a una posible monja y tal vez un par de luces.

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Pero sobre todo, lo que irradia el misterio en esta historia es el paraje destemplado que envuelve la cadavérica mole del Hospital Militar. Esta mañana, en particular, con el fulgor del cielo atenuado por un visillo de nubes y con una brisa fresca cayendo por el cogote, aquella soledad a la intemperie dibujaba una tristeza espesa en el lugar. La tristeza es la nota común a todos los lugares que dicen encantados. O quizá sea que lo que los expertos en el más allá llaman encantamiento sea lo mismo que los sufrientes del más acá denominan melancolía. “Eso está abandonado y en ruinas”, comentó el amable vecino cuando se le preguntó por ese edificio blanco rebozado en pintadas que preside el destartalado barrio a la sombra del hospital. “Fue una antigua residencia militar, una especie de club social, pero se mudaron y eso quedó ahí.” Es uno de los varios caserones maltrechos que componen la estampa espectral del lugar, mucho más que ese imponente bicharraco del Hospital Militar, antes la envidia del paisano raso y el orgullo de la milicia y hoy un edificio vacío que imagina estar en obras.

Cuenta García Bautista que los primeros indicios de rareza gorda se dejaron ver durante el rodaje allí de la película Solas, de Benito Zambrano, indicios consistentes en “visiones y sonidos espeluznantes” consistentes, a saber, en pasos inexplicables, llanto de niños inexistentes y gritos en lugares vacíos. Al paso de los meses parece ser que este tipo de expresiones le tomaron el gusto a prodigarse, con el resultado de que los vigilantes de seguridad empezaron a sentirse excesivamente involucrados en ellos para su gusto, durante sus rondas nocturnas. Uno de esos guardas en particular comenzó extrañándose de que una puerta del vestíbulo se abriese sola sin que nadie pasara por delante del sensor (¿bromas de la electrónica?) y acabó dando el alto a una sombra negra y flotante que se escabulló ante sus ojos por la tercera planta. “Algunos compañeros del mismo turno”, comenta José Manuel García Bautista, “dicen haber visto una extraña presencia de una religiosa vagando por los pasillos del edificio. Una monja vestida con un hábito negro y un rosario entre sus manos”, lo cual tiene que ser de efectos ciertamente laxantes, en especial si tiene la voz del ministro Montoro. “Yo estuve ahí de noche con el de seguridad, y… ¡menuda noche!”, exclamaba hoy el experto en asuntos fabulosos.

En el antiguo hospital, decorado como una obra con todas sus señales, sus containers, sus palés, su grúa, sus paneles y su perímetro alambrado, no había un alma esta mañana. “Actualmente siguen ocurriendo cosas en el interior del Vigil de Quiñones. Según los vigilantes de seguridad que se encuentran en el lugar, cada noche se tienen que armar de valor para entrar y dar algunas vueltas por sus pasillos tétricos y cargados de energías extrañas”, lo ambienta García Bautista. “Son testigos de una extraña luz fantasmal de la segunda planta”. Y los llantos y gritos, afirma él, siguen oyéndose en la noche. Hay que tener cuidado con no sucumbir a ciertas señales, por terribles que parezcan. Al final, como escribió Aldous Huxley, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma. Está claro que el autor de Un mundo feliz no estaba pensando en una monja con un rosario.

 
 

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