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EL FANTASMA DE CAJASOL, C/SIERPES 85

14 Feb

Por: Jose Manuel García Bautista

EL FANTASMA DE CAJASOL, C/SIERPES 85

Si paseamos por Sevilla, y nos ubicamos en ese “centro” marcado por la rosa de los vientos de La Campana, debemos dejarnos llevar por el misterio de la calle Sierpes, una calle que guarda tantos misterios como leyendas… Citada por Miguel de Cervantes en su obra El rufián dichoso, y que tantas admiraciones despierta. Con la mítica confitería La Campana o el café Catunambú, la añoranza que despierta las tristemente extinguidas librerías Beta, donde se podía encontrar cualquier libro de cualquier tema.

Pues bien, en plena calle Sierpes, en el número 85, poco antes de llegar a la plaza de San Francisco y a la casa grande del sevillano, nos encontramos con un histórico edificio, hoy administrativo y de oficinas de la Caja de Ahorros Cajasol. Nos detenemos en él por historia y porque en su interior alberga algo más que tediosos documentos y ficticio capital. En su interior encontramos algo mucho más interesante para el buscador de lo extraño, de lo ignoto, del misterio.

Durante años, en el interior de este edificio realizó su intachable trabajo Francisco M., bajo otra entidad bancaria (de las que han pasado por allá como el banco Hispano, Caja San Fernando o, actualmente, Cajasol). Durante aquellas interminables noches sucedían en su interior una serie de fenómenos que los traía en jaque. Sillas de oficina que rodaban solas, objetos que se movían, alarmas que saltaban, folios que salían volando, tinteros que reventaban sobre la mesa tiñendo, en una arrolladora riada azul, todo cuanto encontraba a su paso… Fotocopias en blanco, extrañas presencias y un sombrío visitante que atemorizaba a muchos de los que allí trabajaban. “El punto de psicosis de aquellas noches vino motivada una noche en la que nos encontrábamos tres personas trabajando. Estábamos solos junto con el guardia de seguridad, él se encontraba abajo, y nosotros tres en la misma ala del edificio y en el mismo grupo de mesas. De repente una puerta se abrió pero no entró nadie. Se levantó y cerró la puerta con cara de extrañeza, cuando venía a mitad de camino la puerta volvió a abrirse, aquello fue muy escalofriante, imagínate en la noche, sabiendo lo que allí pasaba y viviéndolo en primera persona. Cerró la puerta y, nada más cerrarla, una de las sillas, de esas con ruedas en las patas, echó a rodar poco a poco. Cogimos y salimos de allí corriendo hasta parara junto al guardia que nos preguntó: ¿Qué os pasa? Las caras eran para vérnoslas. Subimos nuevamente pero ya no ocurría nada”.

Poco tiempo después, a Pepe N. le volvió a ocurrir algo extraño allí dentro. “Serían las diez de la noche, o poco más, y mientras acababa un informe sentí una máquina antigua de escribir, había una al final del pasillo, en medio del pasillo, me giré pero allí no había nadie. Estaba justo detrás mía. Me volví a ver y nada… Seguí con el trabajo y otra vez aquel ruido machacón, era la máquina… ¡Pero estaba solo! Creí que el guardia estaría gastándome una broma y cerré la puerta pero, al sentarme, la máquina comenzó su tecleo sin cesar, estaba ocurriendo conmigo allí en medio. Era tremendo, se pulsaban las teclas solas. Fue un shock muy fuerte para mi”. Y a este testimonio se unen otros muchos más, como el de Fernando Moreno, Pepe M. (quién ostentaba el grado de jefe en el servicio de noche) o de Fernando T., vigilante del recinto en la época.

Quizás una nueva explicación la encontramos en el pasado de aquel edificio, sede de las cárceles de Sevilla, donde muchos sufrieron el acoso de la justicia y de la Inquisición. En 1597 tuvieron estas cárceles un recluso de honor: Miguel de Cervantes y Saavedra, el universal autor de El Quijote. En ella tuvo de compañeros a otros ilustres de esta ciudad, como: Mateo Alemán –redactor de las reglas de la Hermandad del Silencio , era hijo del médico de la prisión–, los escultores Juan Bautista Vázquez –apodado como El Viejo y autor del crucificado del Cristo de Burgos de Sevilla, admirable talla–, Alonso Cano –autor de la Inmaculada de San Julián– y Pedro Torrigiano –excelente artista que dejó innumerables y valiosas obras de arte, producto de su arte y saber, en esta ciudad–. En honor del célebre autor de la figura del ingenioso hidalgo, hallamos una placa donde se puede leer:

EN EL RECINTO DE ESTA

CASA ANTES CÁRCEL REAL

ESTUVO PRESO 1597 – 1602

MIGUEL DE CERVANTES

SAAVEDRA

Y AQUÍ SE ENGENDRO PARA

ASOMBRO Y DELICIA DEL MUNDO

EL INGENIOSO HIDALGO

D. QUIJOTE DE LA MANCHA

LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE

BUENAS LETRAS ACORDÓ PERPETUAR

ESTE GLORIOSO RECUERDO

AÑO DE MCMLXV

Este edificio fue la Cárcel Real de Sevilla, que puso fin a su negra historia un día de 1838, estando en unos casi cinco siglos –exactamente desde el XIII hasta su cese–. Quizás por hallarse tan cerca de la Real Audiencia, hoy también sede de la Caja de Ahorros Cajasol en la Plaza de San Francisco. En su interior muchos de los fallecidos bajo ese yugo inquisitorial, bajo el peso de la ley, las injusticias de una época y también en el establecimiento de la ley y del orden tan justo como necesario. Mateo Alemán, que en su obra Guzmán de Alfarache, hace una descripción de aquel edificio como: «Ella es un paradero de necios, escarmiento forzoso, arrepentimiento tardo, prueba de amigos, venganza de enemigos, república confusa, infierno breve, muerte larga, puerto de suspiros, valle de lágrimas, casa de locos donde cada uno grita y trata de sola su locura. Siendo todos reos, ninguno se confiesa por culpado ni su delito por grave». Lo curioso es que el amigo Mateo, redactor de las reglas de la Hermandad del Silencio, era hijo del médico de la prisión. Quizás lo que hoy –sí… hoy mismo–, se manifiesta allí sea uno de los ecos de ese pasado que vio acabar su vida en la lúgubre celda de una de las mazmorras de sus sótanos, entre humedad, epidemias, injusticia y esplendores de una época que también tenía una historia, intencionadamente, olvidada.

Copyright © Jose Manuel García Bautista 

Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin autorización expresa del autor bajo penas según dispone la Ley vigente.

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