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EL NIÑO QUE NO PERDIÓ LA ESPERANZA

07 Abr

Por: Jose Manuel García Bautista/César Rufino

EL NIÑO QUE NO PERDIÓ LA ESPERANZA

Aprovechar el crepúsculo para quedar en Triana con un experto en sobrenaturalidades, y hacerlo por segunda vez en menos de un mes, empieza a parecerse a una adicción. Si no fuera por lo bien que va el mundo, podría entenderse hasta como una huida de la realidad. Esta vez, pese al poco tiempo transcurrido desde la primera cita con José Manuel García Bautista, la noche es más larga y llega antes, y el dragón que hace tres semanas expelía su aliento fétido envolviendo las tardes en una flema asfixiante parece haberse quedado dormido debajo del puente, acurrucándose para hibernar. Hace cierta rasca en el Altozano y la pregunta de si las recién concluidas Jornadas del Misterio celebradas en Don Cecilio han dejado alguna novedad importante en Sevilla queda contestada con una sonrisa de alborozo que cruza al experto de oreja a oreja. Acostumbrado como está a refrenar la pulsión frenética del apasionado con la comedida intriga del escritor, dice: “Ni te lo imaginas, amigo mío. Lo que voy a contarte es algo extraordinario. Te va a encantar. Es es-pec-ta-cu-lar, y muy, muy de Sevilla.”

En la ocasión anterior, Betis y Castilla aportaron al relato de lo fantástico los reflejos nocturnos del río y la lobreguez amarillenta de los zaguanes en penumbra y los pasadizos con verdina, que es lo que pega para anunciar un ciclo de conferencias sobre la Sevilla paranormal de los espectros y los milagros. La última de esas jornadas iba a estar dedicada a revelar las grandes novedades producidas en este terreno, y para hablar de ello se hacía necesaria una segunda cita. Esta vez, al poco de entrar en Pureza y bajo la sugestión de la charla y de la noche, la sensación es la de que tener espalda por la que puedan acecharlo a uno es una cosa tremendamente poco práctica en una calle donde todo, hasta los muros, son presentimientos. Sin embargo, la historia que trae a esta cita, la gran novedad de la que se habló en esas jornadas (una de ellas; de las otras, ya se hablará aquí en su momento) está del todo alejada de lo terrible, de esos enigmas inquietantes que quitan el sueño. No. Su relato es, a decir verdad, la leyenda más nueva de Sevilla y de sus cofradías, y como tal reúne un porcentaje de belleza, otro de romanticismo, otro de ternura.

“Al más puro estilo becqueriano”, lo resume José Manuel García Bautista, quien se apresura a asegurar que se trata de un hecho real y con testigos, nada de trolas. Su relato, que al día siguiente enviaría por escrito para que no se perdiese un detalle, narra una experiencia de la que lo hizo partícipe su compañero Miguel Roda, un día, en los estudios de Radio Betis. “Aún recuerdo su rostro vivamente impresionado y los vellos de punta. Me dijo: «José Manuel, ¿vas a escribir algo sobre lo que sucedió en la Madrugá con la Esperanza de Triana?» Mi respuesta fue inmediata: no tenía ni idea de lo que me estaba contando. Y él, sabiendo de mis aficiones y pasiones, me lo refirió todo.”

José Manuel prosigue: “Sucedió hace un par de años. Al salir la Esperanza de Triana, se le pegó a uno de los zancos un niño de unos diez años. El crío permaneció allí hasta que entró en la carrera oficial y lo dejaron quedarse, creyendo que podría ser el hijo de alguno de los costaleros que iba bajo las trabajaderas del paso. Total, que al salir de la Catedral, el niño vuelve a colocarse en el mismo sitio donde había estado antes, llamando con ello la atención del capataz y del contraguía, pero sin que la cosa pasara de ahí. El caso es que sigue avanzando la cofradía, la noche se hace ya mañana, entra la Esperanza de Triana en su barrio… y entonces ya el capataz y sus auxiliares empiezan a inquietarse y a preocuparse por aquel niño que llevaba allí toda la noche, sin desmayo. Así que, con idea de saber qué pasaba y si le podía ayudar en algo, Pepe Ceballos, el capataz, se fue para el niño y le dijo: «Hola, ¿va tu padre debajo?», y aquel niño, de forma amable, casi risueña, le dice: «No, mi papá murió.» Lo último que esperaba oír ese hombre.”

Pero todavía no había pasado nada: “Al capataz se le hizo un nudo en el alma y decidió dedicar una levantá en honor de aquel costalero fallecido y de la fe de aquel niño: «¡Vamos a dedicar una levantá por un hermano que nos ha dejado!» Y, tras la emocionante llamada, el paso se elevó al cielo con su efluvio de flores y su sonrisa de plata. Pero lo más curioso llega entonces, cuando el capataz se dirige adonde estaba el niño y se encuentra con que este ha desaparecido. Desaparecido… ¡en una calle acordonada por las vallas burdeos del Ayuntamiento de Sevilla y sin que nadie lo viera! Simplemente, se había desvanecido. Desapareció tal y como había llegado. Desde entonces se le conoce como el niño fantasma y, sin duda, pasa a engrosar la enorme lista de fenómenos imposibles en torno a nuestra Semana Santa. Comido por la intriga, pregunté a Miguel Rosa si estaba seguro de lo que me estaba contando, y señalándose los vellos de punta del brazo, me dijo que lo consultara. Y los miembros de la cuadrilla ratifican punto por punto esta historia singular que cierra, de momento, el libro de las leyendas de Sevilla.”

Copyright © Jose Manuel García Bautista 

Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin autorización expresa del autor bajo penas según dispone la Ley vigente.

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