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EL ROSTRO DEL CACHORRO

11 Abr

Por: Jose Manuel García Bautista

EL ROSTRO DEL CACHORRO

Tenía Sevilla un pozo en las afueras de la ciudad, decían que en su cercanía se encontraba el convento de monjas agustinas del Dulce Nombre de Jesús. En aquel pozo se dice que apareció la imagen de una Virgen y que muchos fueron los se apresuraron en ir a ver aquel nuevo milagro de esta tierra de María Santísima. Aquella talla fue cobijara en un pórtico bajo la advocación de Nuestra Señora del Patrocinio. Con el tiempo aquel oratorio dio lugar a la Capilla del Patrocinio.

Y en el Patrocinio encontramos la hermandad de El Cachorro nacida como fruto de la unión entre la hermandad del Patrocinio con la del Cristo de la Expiración a principios del siglo XVII. Esta hermandad tiene a uno de los más bellos y legendarios crucificados de la ciudad, orgullo de Triana y de la calle Castilla, obra de Francisco Antonio Gijón en 1682 tras serias tribulaciones y vicisitudes consigo mismo. El Cristo de la Expiración representa el último suspiro de Jesús en la cruz, patética escena de sufrimiento, estremecedor sentimiento de bondad, conmovedor gesto en tan particular pasión, abrumadores el choque de impresiones que se sufre cuando se contempla su imagen. Es conocido por todos como el Cristo del Cachorro. Y es que, dicen, que su imagen fue fruto de un casual encuentro que tuvo su autor con un personaje de esa Sevilla de siempre, que vivía en Triana y era conocido como El Cachorro, gitano, en aquella primavera de 1682 que atravesaba el puente de barcas junto al castillo de San Jorge y cruzaba el Guadalquivir hacia Sevilla.

Cuenta esta bella historia que creyendo infiel un marido celoso a su mujer con El Cachorro le asestó varias puñaladas a la altura de la Venta Vela. El imaginero se encontraba en el lugar y se asomó entre el corrillo de curiosos que rodeaba al moribundo gitano cuando contempló aquella mirada perdida, vacía, y aquella expresión final cuando aquel hombre exhalaba su último aliento, justo cuando expiraba. Francisco Antonio Gijón corrió a su taller estremecido aún por la escena pero embriagado de una fuente de inspiración que lo llevaría tallar una de sus obras más inmortales: el Cristo del Cachorro.

Decían de aquel gitano apodado El Cachorro que era un auténtico don Juan con muchas doña Inés a su alrededor. Por su parte el imaginero era temido en Sevilla. Se decía de él que era un tanto siniestro y le caracterizaban sus salidas nocturnas y su estampa sombría. Y buscaba la inspiración para tallar una obra imposible que no acababa de encontrar. Aquella noche trágica el bello gitano era apuñalado y Francisco Antonio Gijón contempla a aquel personaje, venerado por unos y odiado por otros, alzando su mirada los ojos hacia lo alto, como buscando a Dios, encontrándose a un solitario imaginero amparando los últimos momentos de su vida.

Aquel incidente marcaría la vida y la obra de Gijón. Cuando procesionó por primera vez ante aquellos trianeros y sevillanos la impresión fue la deseada, la imagen del crucificado levantó la admiración del pueblo sevillano que se rindió al arte del imaginero. Dicen que entre el siempre aroma del azahar en Sevilla algunos conocidos del Cachorro gritaron: «El Señor se parece al Cachorro», y así, aquel inspirado Cristo de la Expiración fue conocido como Cristo del Cachorro para gozo de Sevilla y de su hermandad.

Copyright © Jose Manuel García Bautista 

Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin autorización expresa del autor bajo penas según dispone la Ley vigente.

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