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Archivos diarios: septiembre 4, 2016

INVOCANDO AL DEMONIO EN SEVILLA

INVOCANDO AL DEMONIO EN SEVILLA

Por: Jose Manuel García Bautista

Los días grandes de estas reuniones sacrílegas en Sevilla, eran aquellos cuyas noches conducían irremediablemente al aquelarre. Imagínense a un brujo herético, sabiéndose perseguido, en los tiempos de la Sevilla inquisidora, caminando hacía un lugar en las afueras de la ciudad, en los Arenales, en las inmediaciones del río Guadalquivir, para celebrar esa reunión secreta y adorar al demonio, el temido “Sabbat” o aquelarre, que también condujo a un inexplicable, ¿o no?, antisemitismo. A los judíos de la época, que tanto dieron a esta ciudad, se les culpaba de todo, incluso de estos ritos alejados de su religión… Aquellos arenales perdidos de Sevilla, que se encontrarían en las cercanías de San Jerónimo, o donde hoy hallamos el Puente del V Centenario, alejados de Sevilla y de esa ubicación que tantos les han atribuido, de la zona de El Arenal, cercana a la plaza de toros y que, sin embargo, se hallaría casi frente al Castillo de San Jorge. Ningún brujo o bruja en su sano juicio, realizaría un aquelarre, ni en aquel lugar ni dentro de los límites de la ciudad. El termino aquelarre da mejor su significado, si citamos otras localidades españolas, como Zugarramurdi en Navarra o La Guixas en Huesca, y se comprende así aquel término euskera que proviene de la unión de macho cabrío (aker) y campo (larre). Los perdidos arenales de Sevilla, fueron lugar de reunión de las brujas sevillanas y no falta quien añade, una zona indeterminada del Aljarafe, como punto de encuentro de las mismas.

Aquellos desdichados que caían presos de la Inquisición y eran conducidos al Castillo de San Jorge, tenían un final cruel y cercano. Se decía que la Inquisición sevillana, era una de las más crueles y despiadadas. No dudaban en torturar de mil formas al reo, hasta que confesaran lo que aquel santo tribunal deseaba. Tras la confesión, el reo ya confeso de su pecado de herejía, era conducido a las llamas purificadoras, en el Prado de San Sebastián o en la zona de Tablada, cercana a la Feria de Abril. Zonas, cuyas luminosidad nocturna atemorizaba a los sevillanos, al saber que allí estaban siendo inmoladas las brujas y otros pecadores que de esa forma purgaban su mal.

Inés de los Ríos fue una de las mujeres que tiene el dudoso honor de haber sido la primera condenada inquisitorial que tuvo la ciudad. Corría el año 1524 y su pena fueron cien azotes, como castigo a su herejía y hechicería. Tal vez aquella joven tan sólo pretendía un poco de atención o simplemente ganar algunas monedas gratis con su verborrea.

Magdalena Hernández sería otra de aquellas sevillanas, acusadas de brujería y condenadas a la hoguera, no por sus hechizos y uniones con el diablo, sino por practicar abortos. La condenada fue conducida desde el Castillo del Santo Oficio en Triana, vía brazo secular, hasta el quemadero de San Diego (Tablada), curiosamente donde se ubicaría La Horca de Tablada, lugar común de ejecuciones en Sevilla. Allí su cuerpo fue consumido por las llamas.

Diego López Duro era mercader en Osuna, una localidad en la provincia, a 86 kilómetros de Sevilla. El tribunal inquisitorial lo encontró culpable de un delito de judaísmo y el 28 de octubre de 170, corre la misma suerte que Magdalena Hernández. En la iglesia de la Magdalena, situada en la calle San Pablo, antigua sede del Santo Oficio, se puede ver una pintura de Lucas Valdés, conocida como El Suplicio de Diego Duro y que recoge ese mismo momento.

Juana Parrado era sirvienta de unas religiosas sevillanas, en concreto del convento del Dulce Nombre de Jesús. Su herejía la cometió en 1718 por invocar al diablo. Purgó igualmente su pecado.

En 1781 se recoge la última ejecución por brujería en nuestra ciudad, aquella desdichada atendía al nombre de María Dolores López y fue un 24 de agosto del citado año, cuando las llamas ahogarían en el recuerdo de las cenizas su cuerpo. No sabrían justificar los propios inquisidores aquella muerte. La joven descarriada veía pasar sus día, entre actos de locura y prostitución. De ella se decía que era capaz de poner huevos, tras beber una pócima o de calentarle la cama a distintos canónigos de moral no acorde con sus predicaciones. Debido a la viruela la joven quedó ciega y se las ingeniaba como podía para comer y dormir bajo un techo. El dinero fácil llamó a su puerta, bajo la forma de engañar a incautos con sus falsas dotes para la adivinación, la hechicería y las visiones. Visiones que, depende de quién procedieran, podían ser sagradas o demoniacas. La Inquisición no tardó en hacer caer el peso de su especial justicia sobre aquella joven ciega, acusándola de herejía.

A la joven se le concedieron 30 días de gracia para su confesión. Con los cargos de acusación en poder de los inquisidores, la acusada fue obligada a responder a todos los cargos existentes contra ella, bajo juramento. Pero en el caso de María Dolores López el Sermo Generalis o Auto de Fe estaba, poco manos que dictado de antemano. El castigo se preveía severo, muy severo, podía ser desde una peregrinación a la hoguera hasta el castigo público. En su caso, se procedió a confiscar todos sus bienes, pocos, y se la excomulgó, lo cual indicaba que se iba a actuar con el máximo de severidad. A lomos de un borrico la trasladaron a la Plaza de San Francisco, junto al Ayuntamiento, que era el lugar elegido para este tipo de juicios en la ciudad. Allí fue encontrada culpable. La joven ciega decidió confesar, acto con el que ganó ser estrangulada y luego quemada, ahorrándose el suplicio de perecer pasto de las llamas. Tras ser estrangulada por un verdugo, su cuerpo se trasladó a la pira inquisitorial en el Prado de San Sebastián, donde los restos de la joven serían devorados por las llamas.

El relevante y polifacético sevillano José María Blanco Crespo, nacido en 1775, escribiría sobre aquella barbarie: “Era una desgraciada ciega. Vi los haces de leña sobre barriles de alquitrán y brea, donde fue convertida en cenizas”. Tal vez fue por aquello y por la época que le tocó vivir al que se conoció como Blanco White por lo que dedicó parte de su vida a ser cronista de su tiempo. Y así sucumbió al poder inquisitorial la joven ciega, última ejecutada de la ciudad de Sevilla.

Fueron muchos los sevillanos que perecieron en las llamas de la hoguera de los inquisidores. Pocos casos de ejecuciones por brujería, pero demasiados por otros motivos, que ni la más peregrinas razones podrían explicar.

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ESPIRITISMO SEVILLANO

ESPIRITISMO SEVILLANO

Por: Jose Manuel García Bautista

El espiritismo entra en Sevilla en los albores de 1860, fue tal el grado de introducción en la capital andaluza que en 1861 se funda en la ciudad la segunda sociedad espiritista, dirigida por el General Primo de Rivera, y en Madrid la Sociedad Espiritista Española, que Menéndez y Pelayo que luego se fundió con la “Sociedad Progreso-Espiritista”. La más antigua creada en España era la “Sociedad espiritista” establecida en Cádiz el 1855, y del grupo sevillano habría que destacar que fue de los más importantes de la nación junto con la Sociedad Barcelonesa de Espiritismo. Sólo como dato, apuntar a nuestro lector, que ya en 1868 en España había casi 40.000 seguidores espiritistas y eso en un país como España, profundamente católico era demasiado…

En Sevilla, paseando por nuestro centro histórico encontraremos muchos de esos lugares del espiritismo precursor y también histórico. En la calle Sierpes, en el edificio que hoy ocupa en Círculo de Labradores o el “Café Nacional”, calle Francos casi lindando con calle Placentines, avenida de la Constitución hoy en un pasado calle Génova o en la mítica calle Arguijo, donde se reunían diversidad de personas para establecer sus sesiones espiritistas, sesiones de mesas parlantes, mesas giratorias y aquellas memorables sesiones mediúnmicas de difícil recuerdo pero de cercanos aromas alo añejo y lo perdido… ¿Saben? El edificio del restaurante “Viandas” o “El Picadero” eran dos casas de habituales reuniones de espiritistas… ¿Casualidades? Las casualidades, amigo lector y acompañante, no existen…

¿Y quienes formaron aquellas primeras sociedades espiritistas de Sevilla? Pues fue un movimiento que destacó más entre las clases altas y elitistas que en el laborioso pueblo sevillano. Lo formaban sobre todos militares, oficiales castrenses, artilleros, personas con notables estudios, universitarios, médicos y personajes de la más rancia nobleza sevillana. Curiosamente ya en la época surgían voces disconformes con este “recién nacido” movimiento espiritista y no pocos le daban un carácter especulativo y fantasioso. Sin embargo figuras de la talla del general Fernando Primo de Rivera, marqués de Estella (mentor del “Círculo Espiritista de Sevilla”) o el Vizconde de Torres Solanot (“El Catolicismo antes de Cristo”) imponían el respeto de saber que su sombra era alargada a aquellos que alzaban la voz en demasía.

Uno de esos detractores era Manuel Álvarez Benavides quién solícitamente decía que era una “religión basada en la superchería”. Quizás llevara razón o quizás se equivocara pero lo cierto es que a todos aquellos que profesaban adoctrinamiento espírita les era indiferente.

Tal vez en Sevilla tuvo mucho eso y fuerza para apoyar este movimiento los escandalosos fenómenos paranormales que en la época se produjeron en un antiguo cementerio en la calle Delgado, anexo al antiguo Hospital del Amor de Dios, entre las calles Trajano y la misma calle Amor de Dios, apariciones espectrales en un cementerio en el que se solían enterrar cuerpos de difuntos aún en aquella época y que, al parecer, gozaban especialmente “levantándose” de sus tumbas en la noche y dejando ver sus espectrales y cadavéricos rostros evanescentes en la oscuridad de la noche. Todo ello hizo que se crearan expectativas sobre esos contactos con el más allá y así Baldomero Villegas, capitán de artillería, fundara en 1868 con 60 socios las “Sociedad Espírita Sevillana”, en la calle Alcázares 11, hoy calle Santa Ángela de la Cruz.

¿Y que se hacían en estos centros espiritistas? Buena pregunta, por que en ellos se daban cita algunas de las personalidades más granadas de la ciudad, hacían lecturas, comentarios, charlas, evocaciones y, como no, invocaciones y en ellas estaban presentes esas figuras destacadas como Primo de Rivera y Sobremonte, Baldomero Villegas, Manuel González Soria, José de Velilla, Vicente Santolino, Amalia Domínguez, Enrique Manera, José Gómez, Francisco Martí o Amalia Domínguez. Algunos nombres les tendrá especial sonoridad por gozar de calles con su nombre en nuestra ciudad por otros méritos más que los de haber abrazado al espiritismo. Muchos de ellos fueron grandes personajes dentro de nuestra ciudad.

 

LA SEVILLA DE LA INQUISICIÓN

LA SEVILLA DE LA INQUISICIÓN

Por: Jose Manuel García Bautista

Sevilla, cuna de la Inquisición y de sus terrores. Lejos de lo que pudiera parecer, también en Sevilla se dieron casos de brujería y hechicería. Lo prohibido, lo desconocido, lo oculto, atrae al ser humano desde el inicio de los tiempos y para aquellos que practicaban la brujería, en tan peligrosos tiempos, era difícil discernir aquello que pertenecía a los reinos del demonio, de aquello que tan sólo lo recreaba su propia fantasía, tras ingerir mil ungüentos y alucinógenos. Recorramos el aspecto más misterioso y legendario de la Inquisición en Sevilla.

El temor a la brujería, brujos y brujas se malentendió en la Edad Media. En dichos tiempos de oscurantismo, la bruja tornó su rol social, en otros tiempos benévolo y adivinatorio consultado por reyes y emperadores, a un origen demoníaco. Se asociaba la brujería, con ritos, en los que se rendía culto al diablo y se adoraba su figura, entrando en la perseguida herejía. A las brujas, principalmente, se les atribuía fines malignos en sus prácticas, mantener sexo con demonios, realizar pactos con el diablo, realizar ritos de magia negra, volar sobre animales, objetos o demonios y realizar encuentros sacrílegos con el diablo, en los denominados aquelarres.

La aparición de la inquisición, su radicalismo y subjetividad hicieron que cualquier sospecha de brujería recaída en cualquiera persona, fuera severamente reprimida, incluso con la muerte y hablamos sólo de sospechas. Extender la idea de maldad, en todo lo concerniente al concepto de brujería, le tocó al denominado ‘Martillo de las Brujas’ o ‘Malleus Malificarum’, un texto publicado en 1486 por Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, a la sazón dos inquisidores dominicos, en el que se afirmaba: “Hairesis maxima est opera maleficarum non credere”, que traducido al castellano sería: “La mayor herejía es no creer en la obra de las brujas”. En dicha obra, se magnificaba el papel negativo, que en esta época de la historia, se les atribuyó a las brujas. La Inquisición encontraría así un terreno abonado para expandir su terror y comenzar una caza de brujas, que se cobró más de 60.000 almas en toda Europa.

Sevilla no se libró de aquella oleada de purificación y caza. Esta ciudad había visto nacer la Inquisición española y había comprobado como su crecimiento y expansión parecía no tener freno. Desde su sede, en el Castillo de San Jorge –que no fue la única-, los inquisidores atendían a todos aquellos que denunciaban a sus convecinos por realizar presuntas prácticas demoníacas, muchas veces, tan sólo debidas a disputas vecinales, que acababan de trágica forma cuando se implicaba a los ‘Justicieros de la Fe’. Curiosamente, esta ciudad tenía ubicaciones implicadas en ritos y rituales satánicos con brujas y brujos, con danzas e invocaciones al macho cabrío y supuestos pactos con el diablo.

Hoy día, si paseamos por Triana, aún podremos ver los vestigios de aquel Castillo de San Jorge y sus ruinas bajo el mercado de Triana, junto al mítico Callejón de la Inquisición. Pero ¿dónde estaban esos centros de herejía en nuestra ciudad?

Si caminamos cercanos a la Catedral, en la plaza de la Virgen de los Reyes se abre una calle llamada de Mateos Gago, desde ella podremos contemplar cómo se alza majestuosa, nuestra vieja torre cristianizada, la Giralda. Si continuamos andando por esta calle, aparte de admirar viejos edificios restaurados, llegaremos a una ubicación que nos es familiar, a la calle Federico Rubio, donde se encuentra el Instituto Británico, y también la sede del Consulado australiano en la ciudad. En este edificio, vetusto, antiguo, cargado de historias reales (¿reales?) de fantasmas y tradición histórica, hallaríamos, hace ya más de tres siglos (por los años 1515 al 1634) el llamado ‘Horno de las Brujas’, en cuyo subsuelo también encontraríamos galerías y pasadizos secretos que nos conducirían, cual escape de los inquisidores o rutas hacía el demonio, a puntos tan dispares como las inmediaciones de los callejones en torno a la Catedral, o a la misma calle Abades. En épocas recientes se ha especulado que este ‘Horno de las Brujas’ realmente fueran los restos reutilizados de los vestigios de unas antiguas termas romanas, a las que se podía acceder por los recovecos de un inmueble de la calle Cardenal Sáenz y Flores.

También son numerosas las historias que circularon por la ciudad de escapatorias al Guadalquivir, con salida en una zona cercana a la Torre del Oro y que, tras estudios realizados, podría tratarse del desagüe del arroyo Tagarete, entubado desde la calle San Fernando. Lo cierto es que aquel centro de reunión, en la calle Federico Rubio, congregaba secretamente a aquellos adoradores del demonio que habían perdido el miedo, pero no el recelo, a la justicia inquisidora y habían decidido rendir pleitesía a un nuevo dios llamado diablo. A la cercana iglesia de San Nicolás de Bari, también se la señala como antiguo lugar de herejes, motivado tal vez, por qué se edificó sobre un viejo edificio dedicado a cultos sacrílegos, posiblemente, tan sólo de otras sociedades y otras religiones, que llenaron de cultura a la capital hispalense. Lejos de demonios y herejías, es más que seguro, que se tratara de un antiguo templo visigodo y posteriormente musulmán, que fuera cristianizado allá por tiempos de Fernando III y su reconquista, hacia el 1267, en la zona de la denominada ‘Cabeza de Malos’.

 

TEMPLARIOS EN EL REINO DE SEVILLA

TEMPLARIOS EN EL REINO DE SEVILLA

TEMPLARIOS EN EL REINO DE SEVILLA

Por: Jose Manuel García Bautista

Las historias de medievales de grandes hitos y aún más valor, cargadas de romanticismo y tesoros, de nobles valores y mayores empresas siempre han causado una gran admiración y atención de aquellos quienes se han atrevido a profundizar levemente en tan histórico tema. Sobresale de entre todos ellos una orden, poderosa orden, que desatacaba de entre todas. Eran los Caballeros Templarios o la también llamada Orden del Temple.

La Orden del Temple nació en Jerusalén, en el 1118 al abrigo de nueve caballeros franceses, entre ellos destacaba la carismática figura de Hugo de Payens. Orden guerrera y militar, pese a todo, cuyo lema era: «Sigillum Militum Xristi» o lo que es lo mismo: «El sello de los soldados de Cristo», y lo representaban dos caballeros a lomos del mismo corcel. Llamada inicialmente como Orden de los Pobres Caballeros de Cristo comúnmente era llamados Caballeros del Templo de Salomón y posteriormente Caballeros Templarios.

La protección de los caminos de Jerusalén, e implícitamente la conquista de los lugares donde tradicionalmente se atribuyen la Pasión de Cristo, eran los objetivos principales de la cristiandad en aquella época. Por ellos los diferentes papados no olvidaron el papel relevante que en ello jugaron tanto las Cruzadas como las órdenes militares surgidas para este fin. Así es como Urbano II, que ostentaba el trono de Pedro –el papado–, convoca la Primera Cruzada, que conquista la ciudad santa en 1099. Junto a ella pasarían a dominación cristiana Edesa, Trípoli y Antioquía. Y en Jerusalén es Balduino I, en el año 1100, quien se proclama rey. El nuevo rey y parte de sus caballeros se quedan a defender los Santos Lugares y a sus peregrinos, con él los nueve caballeros que fundan la Orden del Temple, gozando estos de los favores reales. Tanto fue el valor y la ayuda prestada por la incipiente Orden que el Patriarca de Jerusalén fue la primera autoridad de la Iglesia que aprobó canónicamente la orden.

Su indumentaria pasaría entonces a ser temida y respetada. Era característico su manto blanco, que simbolizaba la inocencia y la pureza y sobre él, destacando, una cruz paté roja que simbolizaba su promesa y su martirio. Recaudaron numerosas donaciones por toda Europa y en su primera promoción ya eran más de 300 caballeros templarios. El propio San Bernardo de Claraval apoyó fervientemente los ideales de la orden ante noblezas europeas y ensalzó los valores e ideales de la orden.

La fuente de financiación siempre fue un motivo de preocupación para los caballeros templarios, sin embargo las donaciones, favores reales, bulas papales y nobles que se iban anexionando a la causa templaria hicieron que se formara un auténtico sistema socioeconómico. No sólo gozaban de una increíble salud económica, sino que además se permitían el lujo de ser prestamistas y banqueros de otras órdenes, causas militares, reales y papales.

No todo eran parabienes, y el empuje de Saladino les hace perder Jerusalén. En 1244 retroceden y establecen su nueva base en San Juan de Acre, con las también órdenes religioso-militares de los Hospitalarios y los Caballeros Teutónicos.

Comenzaron no obstante los tiempos más difíciles de la Orden del Temple. Tras varias cruzadas ya no interesaban tanto los santos lugares y su Gran Maestre, Jacques de Molay, se afanaba en convencer a los monarcas europeos de la necesidad de las funciones de estas órdenes militares entre otros temas socio-político-económicos. El declive comenzó justo cuando el rey de Francia, Felipe IV, el Hermoso (que no lo era tanto) descubre que el agujero económico que había contraído era muy superior a lo que podía pagar, sobre todo tras el rescate que debió pagar para liberar a su abuelo Luis IX, que había caído en manos musulmanas en la VII Cruzada. Así, se las ingenió para convencer al papa Clemente V, máxima autoridad sobre los Templarios, para que iniciase un proceso contra ellos. Como hechos denunciables se les acusó de sacrilegio contra la cruz, herejía, sodomía y adoración de ídolos paganos como Baphomet, que para muchos no será más que el rostro de la Sábana Santa… Con Felipe IV y el Papa Clemente V se encontrarían haciendo frente común contra la orden templaria personalidades como el canciller del reino, Guillermo de Nogaret, el Inquisidor General de Francia, Guillermo Imberto o de París y Eguerrand de Marigny, quien se apoderará y administrará todo el tesoro del Temple en nombre del Rey.

El 13 de octubre de 1307, el último Gran Maestre de la Orden del Temple y 140 caballeros fueron apresados y encarcelados, bajo tortura se declararon culpables y condenados a muerte. El 18 de marzo de 1314 era quemado en la pila inquisitorial tras uno de los procesos más sucios e interesados de la Historia. De nada sirvió que muchos caballeros se retractaran de su confesión tras haberla realizado después de ser torturados. Jacques de Molay, junto a Geoffroy de Charnay y sus últimos caballeros fueron quemados vivos frente a la catedral de Notre Dame proclamando su inocencia y, misteriosamente, lanzando esta maldición a sus acusadores: «Malditos, seréis todos malditos, hasta la decimotercera generación»… Poco tiempo después de lanzar la misma, el 29 de noviembre de 1314 fallecía en Fontainebleau el capeto Felipe IV. El manipulable Clemente V lo hizo meses antes, en Avignon, un 20 de abril de 1314… La maldición se había cumplido.

Algunos caballeros templarios pudieron huir desde el puerto de La Rochelle a otras zonas seguras en las que gozarían de mayor protección, incluso se apunta que con ellos se habrían llevado parte de los fabulosos tesoros templarios de los que tan poco se conoce y tanto se ha fabulado.

Aquellos templarios huidos pasaron a diferentes zonas de la vieja Europa, en España ya estaban asentados desde el 1130. En 1134 Alfonso I de Aragón lega en su testamento su reino a la Orden del Temple, aunque finalmente la corona de Aragón pasaría a Ramiro II. Pese a todo los templarios colaboran denodadamente en la Reconquista y en 1143 reciben como recompensa los castillos y tierras de Monzón, Mongay, Chalamera, Barberá, Remolins y Corbíns, junto con la honor de Lope Sanz de Belchite. Tortosa y Lérida llegan a manos templarias en 1148 y en 1153 Miravet. Su importancia para la corona de Aragón fue sumamente importante y sus lazos con otros reinos españoles serían cada vez más estrechos y evidente.

En Castilla repoblaron las zonas conquistadas y lucharon junto a los reinos de Castilla, Navarra y Aragón en la batalla de Las Navas de Tolosa en el 1212. Quizás su plaza más importante fuera la de Jerez de los Caballeros, en Badajoz (Extremadura), plaza recibida como agradecimiento por la ayuda prestada durante la conquista de Murcia en 1265, además del castillo de Murcia y Caravaca. En Jerez de los Caballeros encontramos la historia que dice que tras el proceso contra l Orden del Temple los templarios resistieron y en la lucha murieron degollados todos los caballeros y a su torre de la llamó como la «Torre Sangrienta», uno de los baluartes de la muralla de la ciudad templaria. Habría que añadir que a la desaparición de los templarios en la península ibérica dio lugar a la inmediata y extraña aparición de órdenes no prohibidas como la Orden de los Frates de Cáceres, Montesa, Calatrava o de Alcántara…

El jueves 25 de octubre de 2007, responsables del Archivo Vaticano publicaron el documento Processus contra Templarios, que recopila el Pergamino de Chinon, o las actas de exculpación del Vaticano a la Orden del Temple. Los documentos que usó el Tribunal Papal para condenar a los templarios se hallan en el denominado Archivo Secreto del Vaticano. En el año 2001, la investigadora Bárbara Frale hizo una trascendental revelación que demostraba que Clemente V no creía culpables de las acusaciones realizadas a la Orden del Temple. Su Gran Maestre, junto al resto de los caballeros procesados, fueron absueltos por el Papa Clemente V. Jamás se disolvió, papalmente, al Temple sino que quedaron temporalmente suspendidos. Clemente V renegó del rey de Francia contra el Temple. Aborreció las confesiones falsas obtenidas bajo torturas a los caballeros del Temple.

Mucho se habló sobre la hermandad del Temple y si sus tentáculos llegaron a la ciudad de Sevilla. Una orden tan poderosa como la Templaria evidenció ese poderío en toda la cristiandad e incluso hoy se duda de aquel deshonesto proceso que le llevó a su persecución y extinción.

En las afueras de nuestra ciudad se encuentra la antigua dehesa de El Molar o la bella población de Los Molares. Separan a sevillanos y molareños unos 40 kilómetros. Su origen hemos de encontrarlo en el neolítico, allá por el 4000 a.C. Bajo el reinado de Fernando IV se construye el castillo de Los Molares como premio a la heroicidad durante la Reconquista de Lope Gutiérrez de Toledo en el sitio de Algeciras en 1309. En años posteriores, la villa molareña pasa a los Duques de Alcalá y con posterioridad se suma al ducado de Medinaceli. Entre los años 1569 y 1584 es gobernador del castillo y juez principal el poeta sevillano Baltasar de Alcázar. Si pasea por este bello marco de la provincia no deje de visitar sus viejos dólmenes, el de la Cañada Real y el de Palomar, son los vestigios de épocas muy pretéritas de la historia de Andalucía.

Durante el periodo de la Reconquista en Sevilla, fue el rey Fernando III el encargado de devolver esta zona al sendero de la cristiandad mediante el príncipe Alonso. Es precisamente en el Libro del Repartimiento de Sevilla donde figura la donación de la villa a los templarios en Goçin: «E dio a la orden del Temple doscientas arrancadas en Goçin, que es término de Facialcaçar» (El Repartimiento de Sevilla, Julio González, Ayuntamiento de Sevilla). Así pues, los templarios no sólo llegaron a Sevilla sino que también dispusieron de propiedades y villas en la provincia. Tras la desaparición o «extinción» de la Orden del Temple el lugar es donado a Lope de Gutiérrez.

Pero los templarios lucharon codo con codo con el rey santo, con Fernando III, por arrebatar a la vieja Híspalis del dominio musulmán. Tal es así que se tiene documentada la muerte del Caballero Templario Martim Martins, maestre de la Orden que formaba junto a las tropas del infante Alfonso de Molina, vástago de Alfonso IX de León, ordenada su inclusión por la Orden que tenía más peso en el reino de León. La ciudad cae ante el empuje y la voluntad cristiana, con algo de suerte o de milagro en la batalla, y con el reparto de la misma en collaciones entre los distinguidos en la Reconquista a los templarios se les otorga varias casas en la Pajarería, perteneciente a la collación de Santa María –hoy Iglesia de El Salvador–. Así, los templarios ven recompensado su valor en las batallas con una serie de terrenos entre la huerta de San Francisco, que hoy si paseamos por el centro de la ciudad conocemos como Plaza de San Francisco y Plaza Nueva junto a la Casa Grande –el Ayuntamiento– de esta ciudad y la muralla junto a la Puerta del barrio de El Arenal en las cercanías de la calle Arfe, calle Zaragoza, plaza del Molviedro y calle Adriano. Tenían iglesias donde realizar sus oraciones, de hecho se cree que en el Hospital de la Caridad, en una capilla dedicada a San Jorge, en el interior de esta iglesia aún se encuentra el lema: «Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini tuo da gloriam» («No para nosotros, Señor, no para nosotros sino en Tu Nombre danos Gloria»), ¿recuerdan? La pequeña iglesia sería luego demolida por orden de Miguel de Mañara para construir la actual iglesia de la Caridad. Los caballeros templarios rendían obediencia y lealtad al Papa, tenían orden organizada dentro de la ciudad y en el 1310 se ven despojados de sus posesiones con la citación para acudir a Medina del Campo en la provincia de Valladolid para iniciar así el proceso a la Orden Templaria y su extinción posterior. Todas sus posesiones pasaron a ser propiedad del cabildo de la catedral de Sevilla.

Históricamente la Orden Templaria gozó de privilegios reales en la Sevilla de la época, se les concede hasta 19 de estos e incluso al obispo Remondo se le atribuye el ser parte y caballero de la orden hasta el momento de su muerte, teniendo éste un gran peso durante el reinado de Fernando III. Incluso en su tumba viste indumentaria templaria, todo un síntoma, se encuentra rodeado de monjes de la orden y sobre él, es su cabecera una Virgen negra. ¿Alguien podría a estas alturas negar lo evidente? Si paseamos por otras iglesias y templos sevillanos, permítanme un juego, fíjese en sus columnas y busque las cruces típicas de la Orden de los Caballeros Templarios, le garantizo que las encontrará.

 
 
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