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INVOCANDO AL DEMONIO EN SEVILLA

04 Sep

INVOCANDO AL DEMONIO EN SEVILLA

Por: Jose Manuel García Bautista

Los días grandes de estas reuniones sacrílegas en Sevilla, eran aquellos cuyas noches conducían irremediablemente al aquelarre. Imagínense a un brujo herético, sabiéndose perseguido, en los tiempos de la Sevilla inquisidora, caminando hacía un lugar en las afueras de la ciudad, en los Arenales, en las inmediaciones del río Guadalquivir, para celebrar esa reunión secreta y adorar al demonio, el temido “Sabbat” o aquelarre, que también condujo a un inexplicable, ¿o no?, antisemitismo. A los judíos de la época, que tanto dieron a esta ciudad, se les culpaba de todo, incluso de estos ritos alejados de su religión… Aquellos arenales perdidos de Sevilla, que se encontrarían en las cercanías de San Jerónimo, o donde hoy hallamos el Puente del V Centenario, alejados de Sevilla y de esa ubicación que tantos les han atribuido, de la zona de El Arenal, cercana a la plaza de toros y que, sin embargo, se hallaría casi frente al Castillo de San Jorge. Ningún brujo o bruja en su sano juicio, realizaría un aquelarre, ni en aquel lugar ni dentro de los límites de la ciudad. El termino aquelarre da mejor su significado, si citamos otras localidades españolas, como Zugarramurdi en Navarra o La Guixas en Huesca, y se comprende así aquel término euskera que proviene de la unión de macho cabrío (aker) y campo (larre). Los perdidos arenales de Sevilla, fueron lugar de reunión de las brujas sevillanas y no falta quien añade, una zona indeterminada del Aljarafe, como punto de encuentro de las mismas.

Aquellos desdichados que caían presos de la Inquisición y eran conducidos al Castillo de San Jorge, tenían un final cruel y cercano. Se decía que la Inquisición sevillana, era una de las más crueles y despiadadas. No dudaban en torturar de mil formas al reo, hasta que confesaran lo que aquel santo tribunal deseaba. Tras la confesión, el reo ya confeso de su pecado de herejía, era conducido a las llamas purificadoras, en el Prado de San Sebastián o en la zona de Tablada, cercana a la Feria de Abril. Zonas, cuyas luminosidad nocturna atemorizaba a los sevillanos, al saber que allí estaban siendo inmoladas las brujas y otros pecadores que de esa forma purgaban su mal.

Inés de los Ríos fue una de las mujeres que tiene el dudoso honor de haber sido la primera condenada inquisitorial que tuvo la ciudad. Corría el año 1524 y su pena fueron cien azotes, como castigo a su herejía y hechicería. Tal vez aquella joven tan sólo pretendía un poco de atención o simplemente ganar algunas monedas gratis con su verborrea.

Magdalena Hernández sería otra de aquellas sevillanas, acusadas de brujería y condenadas a la hoguera, no por sus hechizos y uniones con el diablo, sino por practicar abortos. La condenada fue conducida desde el Castillo del Santo Oficio en Triana, vía brazo secular, hasta el quemadero de San Diego (Tablada), curiosamente donde se ubicaría La Horca de Tablada, lugar común de ejecuciones en Sevilla. Allí su cuerpo fue consumido por las llamas.

Diego López Duro era mercader en Osuna, una localidad en la provincia, a 86 kilómetros de Sevilla. El tribunal inquisitorial lo encontró culpable de un delito de judaísmo y el 28 de octubre de 170, corre la misma suerte que Magdalena Hernández. En la iglesia de la Magdalena, situada en la calle San Pablo, antigua sede del Santo Oficio, se puede ver una pintura de Lucas Valdés, conocida como El Suplicio de Diego Duro y que recoge ese mismo momento.

Juana Parrado era sirvienta de unas religiosas sevillanas, en concreto del convento del Dulce Nombre de Jesús. Su herejía la cometió en 1718 por invocar al diablo. Purgó igualmente su pecado.

En 1781 se recoge la última ejecución por brujería en nuestra ciudad, aquella desdichada atendía al nombre de María Dolores López y fue un 24 de agosto del citado año, cuando las llamas ahogarían en el recuerdo de las cenizas su cuerpo. No sabrían justificar los propios inquisidores aquella muerte. La joven descarriada veía pasar sus día, entre actos de locura y prostitución. De ella se decía que era capaz de poner huevos, tras beber una pócima o de calentarle la cama a distintos canónigos de moral no acorde con sus predicaciones. Debido a la viruela la joven quedó ciega y se las ingeniaba como podía para comer y dormir bajo un techo. El dinero fácil llamó a su puerta, bajo la forma de engañar a incautos con sus falsas dotes para la adivinación, la hechicería y las visiones. Visiones que, depende de quién procedieran, podían ser sagradas o demoniacas. La Inquisición no tardó en hacer caer el peso de su especial justicia sobre aquella joven ciega, acusándola de herejía.

A la joven se le concedieron 30 días de gracia para su confesión. Con los cargos de acusación en poder de los inquisidores, la acusada fue obligada a responder a todos los cargos existentes contra ella, bajo juramento. Pero en el caso de María Dolores López el Sermo Generalis o Auto de Fe estaba, poco manos que dictado de antemano. El castigo se preveía severo, muy severo, podía ser desde una peregrinación a la hoguera hasta el castigo público. En su caso, se procedió a confiscar todos sus bienes, pocos, y se la excomulgó, lo cual indicaba que se iba a actuar con el máximo de severidad. A lomos de un borrico la trasladaron a la Plaza de San Francisco, junto al Ayuntamiento, que era el lugar elegido para este tipo de juicios en la ciudad. Allí fue encontrada culpable. La joven ciega decidió confesar, acto con el que ganó ser estrangulada y luego quemada, ahorrándose el suplicio de perecer pasto de las llamas. Tras ser estrangulada por un verdugo, su cuerpo se trasladó a la pira inquisitorial en el Prado de San Sebastián, donde los restos de la joven serían devorados por las llamas.

El relevante y polifacético sevillano José María Blanco Crespo, nacido en 1775, escribiría sobre aquella barbarie: “Era una desgraciada ciega. Vi los haces de leña sobre barriles de alquitrán y brea, donde fue convertida en cenizas”. Tal vez fue por aquello y por la época que le tocó vivir al que se conoció como Blanco White por lo que dedicó parte de su vida a ser cronista de su tiempo. Y así sucumbió al poder inquisitorial la joven ciega, última ejecutada de la ciudad de Sevilla.

Fueron muchos los sevillanos que perecieron en las llamas de la hoguera de los inquisidores. Pocos casos de ejecuciones por brujería, pero demasiados por otros motivos, que ni la más peregrinas razones podrían explicar.

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