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LA TRÁGICA HISTORIA DE IMELDA

20 Oct

Por: Jose Manuel García Bautista

LA TRÁGICA HISTORIA DE IMELDA

Es la típica historia que cabalga entre la leyenda y la realidad, por sus características casi preferiría que fuera cierta a una leyenda urbana…

”Imelda perdió a su marido en extrañas circunstancias. El pobre hombre desapareció sin dejar rastro mientras viajaba como representante de comercio por toda España, y cuando Imelda creyó que no lo volvería a ver nunca, la policía le llamó para que identificara el cadáver. Cosa que no pudo hacer porque el cuerpo que le enseñaron estaba completamente descompuesto. La autopsia no reveló gran cosa y el caso se dio por cerrado, pero Imelda sentía una opresión en el pecho que no la dejaba vivir. ¿Qué había pasado en realidad con su marido? ¿Por qué había desaparecido? ¿Con quién se había ido? ¿Cómo murió? ¿Por qué la había abandonado?

Imelda no podía conformarse con su destino así como así. Sobre todo porque su marido le había dado reiteradas muestras de amor y cariño, pero había algo que a Imelda siempre le había llamado la atención, aunque no le había dado hasta entonces la mayor importancia.

-No sé que vas a hacer si mi cuando me muera -le decía a menudo su marido, como bromeando pero con la cara triste-, no sé que vas a hacer sin mí…

-¿Pero de qué hablas? -le contestaba Imelda sin tomarlo en serio- ¿Es que piensas morirte pronto?

-Sí, muy pronto…

-¡No seas gafe! -bromeaba Imelda- ¡No te puedes morir hasta que termines de pagar todas tus deudas!

Imelda se sentía abrumada al recordar esas charlas, y más mal se sentía al recordar las últimas palabras de su marido.

-Me voy, cariño.

-¿Adónde?
-Tengo que dar la vuelta a España.

-Ve con cuidado.

-Sí, no te preocupes, ya he pagado todas mis deudas.

-¿¡Qué!?

-Que ya he pagado todas mis deudas…

Y al decirlo puso en marcha el automóvil y se fue agitando la mano.

Imelda, incapaz de dormir sin tener pesadillas y presa de sus recuerdos, fue en busca de brujas, magos, médiums, para encontrar una razón a todas sus desgracias, pero no tuvo éxito. Todos los profesionales del más allá que visitó fueron un verdadero fiasco, ninguno de ellos atinó a contestarle sus preguntas. Le adivinaron algunas cosas, cierto, pero no le daban ninguna respuesta al misterio. Amigas y familiares le aconsejaban sobre tal y cual adivino, sobre tal y cual vidente, pero el resultado final era casi siempre el mismo: tres o cuatro pinceladas sobre su carácter y el de su difunto marido, tres o cuatro frases sobre sus enfermedades y tres o cuatro vaticinios que nunca se cumplían, pero acerca de la muerte de su esposo, sólo escuchó tonterías y deducciones totalmente equivocadas.

Los mediums, por regla general, se cernían más sobre tópicos de darle luz al muerto, de llevarlo al cielo, de darle amor, de limpiar su alma y demás sensiblerías por el estilo. Unos intentaban imitar la voz de su marido, sin conseguirlo nunca; otros entraban en ridículos trances y contactaban con toda clase es seres celestiales; otros más intentaban “sacarle el muerto de encima”, pero nadie iba al meollo del asunto. Un día, en una fiesta, unos conocidos suyos se pusieron a jugar a la Ouija con una curiosa invitada, una chica que distaba mucho de parecer una bruja o una médium, y que parecía tomarse a broma el mundo de los muertos. Imelda, al ver a los demás hacer preguntas sobre familiares y amigos muertos, se alejó lo más posible del grupillo. Cuando empezó a escuchar que aquella chica estaba atinando a todas las preguntas que le hacían, decidió que había llegado el momento de volver a su casa. Ya había tenido bastante de todas esas ridiculeces, y había gastado demasiado tiempo, dinero, esfuerzo y dignidad, como para quedarse ahí a escuchar historias de muertos. Aquella chica desconocida no cobraba nada, sólo estaba jugando, y nada le hubiera costado preguntarle por su marido, pero, además de todo, no le gustaba el poco respeto con que trataba a los muertos. Cuando Imelda estaba despidiéndose de los anfitriones, la chica gritó desde el fondo:

-¿Quién conoce por aquí a un tal Fernando Martínez Morales?

Imelda sintió que el alma le daba un vuelco, de pronto se sintió víctima de una cruel broma y se puso a llorar. Los anfitriones intentaron consolarla y explicarle que nadie le estaba gastando broma alguna, pero Imelda, en lugar de hacerles caso se encaró con la chica de la Ouija.

-¿Quién te ha dicho el nombre de mi marido?

-Un espíritu que tengo de amiguete en el más allá -respondió con desenfado la chica.

-¿Cómo te atreves a mencionar su nombre?

-¿Tú tienes un lunar bajo el pecho izquierdo, verdad? -dijo la chica sin inmutarse.

-¡Sí! ¿Y qué?

-Y tu marido te decía siempre: “No sé qué vas a hacer sin mí cuando me muera”.

Imelda se puso blanca mientras la chica de la Ouija insistía.

-Y lo último que te dijo fue: “No te preocupes, ya he pagado todas mis deudas”. ¿Verdad que sí?

Imelda seguía sin contestar, así que la chica de la Ouija continúo:
-Pues bien, tu marido no está muerto. Fernando Martínez Morales vive en Sudamérica con otra mujer, es rico y feliz, raras veces se acuerda de ti. Pero, si quieres saberlo, dentro de tres meses y tres días volverá hasta ti a pedirte perdón, porque lo habrá perdido todo. Así como te traicionó, así será traicionado.

-¡Maldita mentirosa! -gritó Imelda desencajada- y salió corriendo de aquel lugar.

Durante tres meses estuvo enferma, con fiebre, delirios, alucinaciones y todo tipo de terribles pesadillas. Se le aparecían fantasmas, oía gritos, ruidos raros y se pasaba los días llorando. Tres meses y un día más tarde, fue a visitar a un reputado jesuita, un exorcista en toda regla, que la riñó por haber jugado con la Ouija y le sacó varios demonios y espíritus malignos que la habían contaminado en la sesión, y finalmente le aconsejó que aceptara la muerte de su marido tanto como los misterios que habían que habían rodeado la misma, que sólo la aceptación y la resignación podrían curarla. Le hizo una especie de ritual cristiano y la mandó a casa mucho más tranquila. Tres meses y dos días más tarde, por fin pudo dormir y descansar, sin fantasmas, pesadillas ni visiones, segura de que el jesuita la había curado por obra de Cristo y de Dios.

Tres meses y tres días más tarde, alguien intentó abrir la puerta, pero como la cerradura había sido cambiada, tuvo que llamar a la puerta. Imelda, todavía adormilada, salió a abrir y para su sorpresa, su “difunto” marido, visiblemente acabado y delgado, pálido y cariacontecido, como un verdadero fantasma, pero completamente vivo, se ponía de rodillas ante ella y le pedía perdón con las lágrimas en los ojos.

-Lo siento -le dijo Imelda con frialdad-, pero para mí has muerto hace tiempo. Porque, por si no lo sabías, en realidad tú ya estás muerto y enterrado desde hace más de dos años.

Fernando se quedó de piedra, pero no por las duras y despectivas palabras que le había dicho Imelda, sino porque Imelda era una visión translúcida, que sostenía el pomo de la puerta con una mano huesuda y se movía levemente de un lado para otro sin piernas. Cuando supo reaccionar, corrió hasta la habitación matrimonial y en la cama se encontró un cuerpo helado y rígido, menoscabado por tres meses y tres días de agonía. Al girar la cara se encontró con el rostro fantasmal de Imelda, casi tan sorprendida como él, que le dijo con su gélido aliento:

-Ya lo ves, yo también estoy muerta, pero no te preocupes, ya he pagado todas mis deudas…

Hoy, en el pabellón más sórdido de un conocido manicomio nacional, hay un hombre deformado por la más feroz de las locuras, que se pasa el día gritando:

-¡Maldita, maldita, no sé qué vas a hacer sin mí cuando me muera! Mientras que otros locos juegan a una Ouija imaginaria, preguntando por los espíritus desencarnados de la Tierra”.

Lo curioso es que el centro de actuación de esta historia es ubicada en nuestra provincia, en la vieja Híspalis… Por más que tratamos de seguir la pista de esta historia mayor era el silencio o el desconocimiento en torno a ella. Seguramente, como toda buena leyenda urbana, la pueda encontrar en cualquier punto de nuestra geografía nacional o del mundo.

Copyright © Jose Manuel García Bautista

Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin autorización expresa del autor bajo penas según dispone la Ley vigente.

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