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FERNANDO III, EL REY SANTO DE SEVILLA

30 May
FERNANDO III, EL REY SANTO DE SEVILLA

Por: Jose Manuel García Bautista

Una vez el rey Fernando III ganó la plaza de Sevilla mandó organizar la cuidad, don Remondo fue nombrado arzobispo, la vida municipal comenzó nuevamente a cobrar vida en la ciudad según la legislación cristiana; se otorgaron franquezas a los caballeros sevillanos y se hizo un reparto de terrenos.

El rey mandó construir naves en Vizcaya para proteger el Estrecho de otro posible ataque e invasión musulmana y atacar a Marruecos, pero no pudo hacer esto último al caer enfermo, estando en la primavera del año 1252 recluido en sus aposentos del Alcázar.

Entre tanto el príncipe Alfonso “El Sabio” tomaba otras plazas como Jerez, Sanlúcar, Lebrija, Medina Sidonia… Pero fue avisado del grave estado de salud de su padre y tuvo que volver a Sevilla temiendo el fatal desenlace…

El 30 de Mayo de 1252 recibió del obispo de Segovia el Santo Viático, el rey salió con una soga al cuello –como penitencia- y dejado en el suelo su cetro y la corona en señal de renuncia a todo lo material: “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo he de volver al seno de la tierra”.

En aquella escena estaban presente la reina doña Juana y sus hijos fruto de los matrimonios con la reina y con doña Beatriz de Suabia, estaba ausente el príncipe Sancho que ocupaba el cargo de arzobispo en Toledo.

El cuerpo de San Fernando

La importancia histórica del rey santo, Fernando III, en Sevilla es innegable. Fue con motivo de su beatificación en 1668 cuando se procedió a la apertura de su sepulcro en la Catedral, en la Capilla Real, un 17 de Marzo; allí, en solemne ceremonia se descubrió la loza que tapaba al mismo y… ¡Sorpresa!

Al abrir el sepulcro se descubrió que el rey santo se encontraba con sus ricas telas en la cual destacaba el adorno que representaba a los castillos y leones, tan representativos del reino de España; además había un cetro, una sortija con un zafiro (posiblemente) y una espada con su puño en plata.

Se levantó acta porque aquel cuerpo tenía una peculiaridad: ¡estaba incorrupto! Todo ello sin, en teoría, haber sido embalsamado, hecho que analizaron y certificaron los médicos de la época, don Gaspar Caldera, don Pedro de Herrera y el erudito don Cristóbal Báez.

Sería un 3 de Marzo de 1967 cuando llega a la capital hispalense el denominado Breve Pontificio por el que se canonizaba al rey.

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