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LA LEYENDA DEL HOMBRE PEZ DE LIÉRGANES (Cantabria) EN CÁDIZ

29 Jun
LA LEYENDA DEL HOMBRE PEZ DE LIÉRGANES (Cantabria) EN CÁDIZ

Por: Jose Manuel García Bautista

Si doblamos el mapa de España por la mitad, poco separa a Cádiz de Cantabria y el episodio que traemos a estas páginas de nuestra guía también unen nuestra capital gaditana con el norte del país, concretamente con el municipio de Liérganes. Allí nos encontramos con Francisco de la Vega Casar nacido en 1656, quien desde muy pequeño destacaba entre los demás chicos del pueblo por sus facultades y resistencia a la hora de nadar. En 1672, el joven Francisco es enviado a Las Arenas, en la provincia de Vizcaya para que aprendiera la profesión de carpintero. Allí trascurrieron los años sin que Francisco perdiera su pasión por nadar en el mar.

Corría la víspera del día de San Juan de 1674, cuando Francisco y otros compañeros suyos carpinteros, se dirigieron a la playa a pasar la noche más mágica del año. Llegaron a un brazo de mar de sobras conocido por Francisco y en un momento de la noche, el joven se desnuda, se adentra en el mar y desaparece para siempre. Los gritos de sus compañeros fueron infructuosos. La oscuridad de la noche y la bravura del mar Cantábrico hacía imposible encontrar a Francisco. Sus hermanos Tomás, José y Juan hicieron lo posible y lo imposible por encontrar el cadáver de su hermano pero el mar se resistía a devolverlo. Cada mañana recorrían la zona para ver si en una de las mareas, el cadáver de Francisco había sido arrastrado hasta la playa pero no había resultado. Desde aquella noche de San Juan ni los hermanos de Francisco, ni María su madre volvieron a vivir felices.

Volvemos a Cádiz. La magia de la lectura nos permite cruzar nuestra piel de toro en tan sólo dos renglones. Nos venimos de nuevo hasta Cádiz para continuar la historia de Francisco de la Vega Casar. ¿Qué historia si murió ahogado? Puede pensar usted, pero no desespere y siga leyendo.

En el año 1679, los pescadores de la bahía de Cádiz estaban asustados. Hasta sus barcas de pesca, contaban que se acercaba una extraña criatura que los pocos que la habían podido ver, decían que tenía brazos. Aquello era imposible, pero cada vez eran más los pescadores que testimoniaban haber visto a la criatura. Pronto cundió el miedo en todos los puertos de la bahía. Aquello, fuera lo que fuera, parecía ser inteligente puesto que era capaz de comerse el pan y los trozos de carnes empleados como cebos sin caer en la trampa. Decidieron entonces confeccionar una gran red de arrastre para capturar a aquello fuera lo que fuera. Aquella mañana de febrero de 1679, todos los pescadores se agruparon y consiguieron arrastrar a aquella sombra hasta la costa.

Lo que tenían ante sus ojos aquel grupo de pescadores no podía ser real. Habían pescado a lo que parecía ser un hombre de casi un metro ochenta de altura y corpulento. Presentaba la cara especialmente pálida y su pelo era rojo. Sin duda lo más sobrecogedor era una delgada línea de escamas que iban desde la garganta hasta el estómago y que igualmente recorría la columna vertebral. Los dedos de sus manos estaban unidos por una especie de membrana fina que le daba apariencia de pata de oca. Las uñas de esta extraña criatura aparecían gastadas como si hubieran sido dañadas por la sal.

Aquella criatura lanzaba unos gritos que ponía los pelos de punta y no paraba de retorcerse con tal furia que ni entre siete hombres eran capaces de sujetarlo. Cuando lograron reducirlo, fue trasladado al convento de San Francisco. Hoy, a pesar de las reformas, podemos contemplar este antiguo convento hoy iglesia fundado en 1566 ubicado en la calle del mismo nombre, cerca de la plaza de la Mina y la de san Antonio.

Era secretario del Santo Oficio en aquellos años, don Domingo de la Cantolla, oriundo de Liérganes por mano de la casualidad. En cuanto recibió la noticia, ordenó que a aquella criatura se le realizaran no pocos exorcismos por si era de origen infernal o por si era portador de demonios y espíritus malignos. Una vez realizados los exorcismo, interrogaron a la criatura durante varios días sin conseguir que dijera una sola palabra de su procedencia hasta que un buen día, dijo algo parecido a “Liérganes”.

Se encontraba trabajando en los astilleros gaditanos, un joven cántabro que en cuanto oyó la noticia, reconoció en esa palabra el nombre de un pueblo de su tierra. En seguida fue puesto en conocimiento del secretario del Santo Oficio que confirmó la noticia: “Liérganes es mi pueblo natal”. Don Domingo realizó averiguaciones a través de familiares en Liérganes y entonces conoció lo ocurrido la noche de san Juan de 1674. Pero, ¿se trataría de la misma persona la ahogada en el mar y aquel ser encontrado en aguas gaditanas?

Se hallaba en el convento gaditano un joven fraile llamado Juan Rosende al que se le ocurrió una brillante idea. La mejor forma de comprobar si Francisco de la Vega se había convertido en el hombre-pez era yendo hasta Liérganes.

Corría el año 1680, cuando fray Juan Rosende se puso en camino con el hombre pez camino de Liérganes. Antes de llegar a su destino y cuando aún quedaban unos cuantos kilómetros, el fraile dijo a su acompañante que siguiera adelante hasta su pueblo natal. Y así lo hizo. La extraña criatura llegó sola y sin ayuda no sólo a Liérganes sino a la puerta de la casa de su madre María Casares. Cuando María abrió la puerta de su casa reconoció sin problemas a su hijo, así como dos de los hermanos de Francisco que estaban allí presentes.

Así pasó Francisco los siguientes nueve años de su vida. Permanecía todo el día mal vestido o desnudo y descalzo. Comía de forma irregular devorando grandes cantidades de carne y pescado durante horas para después pasarse días enteros sin comer. Tampoco hablaba. Sólo pronunciaba palabras sueltas como pan, tabaco o vino pero sin un uso inteligente de esas palabras pues en pocos casos estaban relacionadas con las acciones de comer, beber y fumar. Pasaba largas horas tumbado boca abajo sin hacer nada sin inmutarse ante nada ni ante nadie.

Pasados esos nueve años o tan sólo dos como afirman otras fuentes, durante una tarde, Francisco de la Vega dio un grito más propio de una bestia que de un hombre. Como poseído por un extraño instinto echó a correr en dirección al río Miera. Nadie pudo detenerlo, ni los corpulentos hombres del campo. Llegó al río, se zambulló en él y nunca más se supo. Francisco de la Vega Casar (o Casares) permaneció en paradero desconocido el resto de sus días, si bien algunos pescadores afirmaban haberlo visto en algún puerto asturiano.

María volvió a quedarse sola y más triste aún si cabe pues el mayor de sus hijos, cuando escuchó la historia de lo ocurrido en Cádiz se puso en camino y nunca más supo de él.

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