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La leyenda de la Olivina en Lanzarote (Canarias)

30 Abr

Comienza esta leyenda con Tomás el Viejo, un campesino que vivía junto a la Playa de Papagayo, en el macizo de Puerto Mulas. Tomás tenía una sobrina, de nombre Olivina, una adolescente de piel morena tostada al sol y de profundos ojos verdes, que en el verano pasaba con él los días para ayudarle en las tareas de la casa.

Todas las mañanas muy temprano, Tomás llevaba sus ovejas a pastar allá donde existiese suficiente alimento para ellos, a veces caminando grandes distancias en una tierra esquilmada por el fuego. Tras una larga y calurosa jornada, Tomás llegó a casa cansado y con una fuerte insolación. Al día siguiente, Tomás el Viejo continuaba enfermo. A pesar de ello, se levantó para trabajar. Sus ovejas le necesitaban. Olivina le detuvo. Ella se encargaría del ganado ese día. Tomás, en otras circunstancias, no habría permitido que Olivina saliera de casa, pero aquel día no le quedaba otro remedio. Permitió que Olivina saliera con las ovejas e iniciara la jornada que cada día él hacía.

Olivina era una joven dispuesta y servicia, pero muy despistada. Así, durante el camino, se entretenía buscando flores para llevárselas a su abuelo. Cuando llegó el momento de regresar, contó las ovejas para comprobar que ninguna se había perdido. Fue entonces cuando echó en falta una oveja. Buscó con la mirada y contempló a un cordero subido en lo alto de una montaña de rocas sin poder moverse. Olivina no dudó ni un momento en acudir a rescatarlo y devolverlo al rebaño. Escaló el risco y llegó hasta el corderito. Cuando iba a cogerlo, el animal se asustó y se precipitó hacia el vacío. Desconsolada Olivina por la pérdida del animal, regresó apresuradamente en busca del resto del rebaño.

Junto a las ovejas, en la orilla del mar, Olivina rompió a llorar. De sus ojos verde empezaron a brotar lágrimas del mismo color que caían sobre el agua del mar y que permanecían en la superficie en forma de gotas. Aquel sufrimiento y llanto de la joven llegó a conocimiento de la diosa Timanfaya, la cual conmovida por aquella escena, ordenó a un grupo de gaviotas que bajaran hasta la playa y recogieran con sus picos aquellas lágrimas verdes y las mezclara con las piedras volcánicas que había en la playa. Piedras y lágrimas se unieron formando el olivino, como símbolo de la bondad humana, que hoy conocemos.

Más tarde, tras las erupciones de 1737, un grupo de pescadores encontraron aquellas extrañas piedras de color verde al recoger sus redes de pesca. Admirados por su belleza, comenzaron a recogerlas, pensando que aquellas piedras preciosas les haría ricos. Aquel hallazgo llamó la atención de muchos otros pescadores que se acercaron a aquella zona en busca de más piedras como aquellas. Poco tiempo más tarde, un viejo pescador llegó a la playa en busca del origen de aquellas extrañas piedras. Fue entonces cuando contempló aquella laguna verde situada a los pies del antiguo volcán. Regresó apresuradamente junto a sus compañeros, que continuaban recogiendo con sus redes aquellas piedras, y les gritó que se detuvieran al instante.

– ¡Alto! ¡Dejad que la tierra llore con tranquilidad!

Ante aquellas extrañas palabras, sus compañeros le preguntaron qué quería decir.

– Mirar a tierra firme. El volcán está llorando y observar el charco que hay a sus pies. Lo que estáis recogiendo son las lágrimas de la diosa Timanfaya…

Todos ellos miraron hacia tierra firme y, enmudecidos y asustados, entendieron que el viejo marinero decía la verdad. Inmediatamente, comenzaron a devolver las piedras una a una al océano. Un pescador miro al hombre mayor y le preguntó:

– ¿Y porque llora Timanfaya?

El viejo pescador miró a su compañero y le respondió:

– Llora recordando la destrucción que ha realizado y las vidas que se ha llevado. Por la miseria que ha creado y por los estragos que ha producido.

Hoy, la tradición nos dice que hemos de llevar una de esas lágrimas del Timanfaya en recuerdo de aquellas personas y de aquellos poblados que arrasó el volcán.

 
 

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