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La leyenda del beso del francés.

28 Sep

Los ejércitos franceses se apoderaron de Toledo. Comenzaron por habilitar como cuarteles los mejores edificios de la ciudad, entre ellos, el prestigioso Alcázar de Carlos V y, cuando ya no había cabida para más gente, se empezaron a invadir las iglesias consagradas al culto, entre las que se encontraba la iglesia de San Pedro Mártir.

En Zocodover, lugar de reunión de los nuevos habitantes de la ciudad, el capitán de escuadrón de caballería empieza a relatar a sus compañeros algunos terribles hechos y fenómenos que pudo presenciar cuando dormía en la pequeña iglesia de San Pedro Mártir; les habló aquel día del misterio de dos estatuas, una mujer y un noble guerrero castellano, que se hallaban en la capilla del claustro.

El joven oficial, para demostrar que sus relatos eran ciertos, invita a sus compañeros a pasar una noche con él en la pequeña capilla donde vio aquellos increíbles sucesos.

Al anochecer, todos acuden a la cita en la pequeña iglesia, donde pronto se organiza una improvisada fiesta.

Envueltos entre las botellas y las risas, el capitán decide dar rienda suelta a sus impulsos. Se levanta, para humillar a aquel antiguo guerrero español, vertiendo una copa de vino sobre su cara y, posteriormente, para dar un beso a aquella mujer de piedra.

– No creáis que os odio por ser un rival… no.. no, al contrario, os admiro como esposo al sentirme cortejando en vuestra presencia a vuestra hermosa mujer… yo os invito a que bebáis – dirigiéndose al guerrero de piedra.

– ¡Capitán!. ¿Qué locura vais a hacer?. ¡Basta de bromas!. ¡Dejad en paz a los muertos! – gritaron todos los presentes en un intento de convencer al oficial para que dejase de humillar a aquella estatua.

Sin embargo, el francés proseguía en su cortejo a la mujer de mármol.

– Os juro por mi honor que ayer hizo un gesto con sus ojos que parecía de carne y hueso… y cuando me acerqué a ella, su cara empezó a cambiar de color – contemplando la estatua seguía en sus fantasías.

– Mirad qué blanca silueta tiene, qué rostro tan perfecto y virginal, la admiro, amigos, la admiro y no la cambio ni por la diosa más hermosa, mirad como me invita a un amor nuevo, daría mi vida por besar sus labios, sí.. sí, sólo un beso puede calmar mi sed…

El joven, acerca sus labios a los de la estatua de la bella dama y, de repente, resonó un grito de horror en el templo.

El francés había caído desplomado al pie del sepulcro, arrojando sangre por boca y nariz.

Aquel guerrero de mármol había levantado su mano para derribar con un golpe al francés que pretendía deshonrar a su esposa.

 
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Publicado por en septiembre 28, 2012 en Divulgación

 

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